lunes, diciembre 26, 2005

· Musa traviesa (p)


¿Mi musa? Es un diablillo
con alas de ángel.
¡Ah, musilla traviesa,
qué vuelo trae!

Yo suelo, caballero
en sueños graves,
cabalgar horas luengas
sobre los aires.
Me entro en nubes rosadas
bajo a hondos mares,
y en los senos eternos
hago viajes.
Allí asisto a la inmensa
boda inefable,
y en los talleres huelgo
de la luz madre;
¡Y con ella es la oscura
vida, radiante,
y a mis ojos los antros
¡son, nidos de ángeles!
Al viajero del cielo,
¿Qué el mundo frágil?
Pues ¿no saben los hombres
qué encargo traen?
¡Rasgarse el bravo pecho,
vaciar su sangre,
y andar, andar heridos,
muy largo el valle,
roto el cuerpo en harapos,
los pies en carne,
hasta dar sonriendo
—¡No en tierra!— exánimes!
Y entonces sus talleres
la luz les abre,
y ven lo que yo veo:
¿Qué el mundo frágil?
Seres hay de montaña,
seres de valle,
y seres de pantanos
y lodazales.

De mis sueños desciendo,
volando vanse,
y en papel amarillo
cuento el viaje.
Contándolo me inunda
un gozo grave;
y cual si el monte alegre,
queriendo holgarse,
al alba enamorando
con voces ágiles,
sus hilillos sonoros
desanudarse,
y salpicando riscos,
labrando esmaltes,
refrescando sedientas
cálidas cauces,
echáralos risueños
por falda y valle;
así al alba del alma
regocijándose,
mi espíritu encendido
me echa a raudales
por las mejillas secas
lágrimas suaves.
Me siento cual si en magno
templo oficiase;
cual si mi alma por mirra
vertiese al aire;
cual si en mi hombro surgieran
fuerzas de Atlante,
cual si el sol en mi seno
la luz fraguase;
y estallo, hiervo, vibro;
¡alas me nacen!

Suavemente la puerta
del cuarto se abre,
y éntranse a él gozosos
luz, risas, aire.
Al par da el sol en mi alma
¡por la puerta se ha entrado
y en los cristales:
mi diablo ángel!
¿Qué fue de aquellos sueños,
de mi viaje,
del papel amarillo,
de llanto suave?
Cual si de mariposas,
tras gran combate,
volaran alas de oro
por tierra y aire,
así vuelan las hojas
do cuento el trance.
Hala acá el travesuelo
mi paño árabe;
allá monta en el lomo
de su incunable;
un carcax con mis plumas
fabrica y átase;
un sílex persiguiendo
vuelca un estante,
y ¡allá ruedan por tierra
versillos frágiles,
brumosos pensadores,
lópeos galanes!
de águilas diminutas
puéblase el aire:
¡Son las ideas, que ascienden,
rotas sus cárceles!

Del muro arranca, y cíñese,
indio plumaje:
aquella que me dieron
de oro brillante,
pluma, a marcar nacida
frentes infames,
de su caja de seda
saca, y la blande;
del sol a los requiebros
brilla el plumaje,
que baña en áureas tintas
su audaz semblante.
De ambos lados el rubio
cabello al aire,
a mi súbito viénese
a que lo abrace.
De beso en beso escala
mi mesa frágil;
¡Oh, Jacob, mariposa,
Ismaelillo, ¡árabe!
¿Qué ha de haber que me guste
como mirarle
de entre polvo de libros
surgir radiante,
y, en vez de acero, verle
de pluma armarse,
y buscar en mis brazos
tregua al combate?
Venga, venga. Ismaelillo:
¡La mesa asalte,
y por los anchos pliegues
del paño árabe
en rota vergonzosa
mis libros lance,
y siéntese magnífico
sobre el desastre,
y muéstrese sonriendo,
roto el encaje,
—¡Qué encaje no se rompe
en el combate!—
Su cuello, en que la risa
gruesa onda hace!
¡Venga, y por cauce nuevo
mi vida lance,
y a mis manos la vieja
péñola arranque,
y del vaso manchado
la tinta vacié!
¡Vaso puro de nácar:
dame a que harte
esta sed de pureza
los labios cánsame!
¿Son éstas que lo envuelven
carnes, o nácares?
La risa, como en taza
de ónice árabe,
en su incólume seno
bulle triunfante:
¡Hete aquí, hueso pálido,
vivo y durable!
¡Hijo soy de mi hijo!
¡Él me rehace!

¡Pudiera yo, hijo mío,
quebrando el Arte
Universal, muriendo,
mis años dándote,
envejecerte súbito,
la vida ahorrarte!
Mas no ¡que no verías
en horas graves
entrar el sol al alma
y a los cristales!
Hierva en tu seno puro
risa sonante;
rueden pliegues abajo
libros exangües;
sube, Jacob alegre,
la escala suave;
ven, y de beso en beso
mi mesa asaltes:
¡Pues ésa es mi musilla,
mi diablo ángel!
¡Ah, musilla traviesa,
qué vuelo trae!


JOSÉ MARTÍ

viernes, diciembre 16, 2005

· Apurrúñame (c)

Pa `yez kuit pell arc`han
Poan braz `meus em c`halon
Pa `nout ket amañ
Nellan `mui tennañ va alan
Re vraz eo ar vank
Pa `yez kuit pell arc`han

LA FAMILIA ISKARIOTE

Diccionario Bretón-Francés


viernes, diciembre 09, 2005

· La isla desconocida


Un hombre llamó a la puerta del rey y le dijo, Dame un barco. La casa del rey tenía muchas más puertas, pero aquélla era la de las peticiones. Como el rey se pasaba todo el tiempo sentado ante la puerta de los obsequios (entiéndase, los obsequios que le entregaban a él), cada vez que oía que alguien llamaba a la puerta de las peticiones se hacía el desentendido, y sólo cuando el continuo repiquetear de la aldaba de bronce subía a un tono, más que notorio, escandaloso, impidiendo el sosiego de los vecinos (las personas comenzaban a murmurar, Qué rey tenemos, que no atiende), daba orden al primer secretario para que fuera a ver lo que quería el impetrante, que no había manera de que se callara. Entonces, el primer secretario llamaba al segundo secretario, éste llamaba al tercero, que mandaba al primer ayudante, que a su vez mandaba al segundo, y así hasta llegar a la mujer de la limpieza que, no teniendo en quién mandar, entreabría la puerta de las peticiones y preguntaba por el resquicio, Y tú qué quieres. El suplicante decía a lo que venía, o sea, pedía lo que tenía que pedir, después se instalaba en un canto de la puerta, a la espera de que el requerimiento hiciese, de uno en uno, el camino contrario, hasta llegar al rey. Ocupado como siempre estaba con los obsequios, el rey demoraba la respuesta, y ya no era pequeña señal de atención al bienestar y felicidad del pueblo cuando pedía un informe fundamentado por escrito al primer secretario que, excusado será decirlo, pasaba el encargo al segundo secretario, éste al tercero, sucesivamente, hasta llegar otra vez a la mujer de la limpieza, que opinaba sí o no de acuerdo con el humor con que se hubiera levantado.

Sin embargo, en el caso del hombre que quería un barco, las cosas no ocurrieron así. Cuando la mujer de la limpieza le preguntó por el resquicio de la puerta, Y tú qué quieres, el hombre, en vez de pedir, como era la costumbre de todos, un título, una condecoración, o simplemente dinero, respondió. Quiero hablar con el rey, Ya sabes que el rey no puede venir, está en la puerta de los obsequios, respondió la mujer, Pues entonces ve y dile que no me iré de aquí hasta que él venga personalmente para saber lo que quiero, remató el hombre, y se tumbó todo lo largo que era en el rellano, tapándose con una manta porque hacía frío. Entrar y salir sólo pasándole por encima. Ahora, bien, esto suponía un enorme problema, si tenemos en consideración que, de acuerdo con la pragmática de las puertas, sólo se puede atender a un suplicante cada vez, de donde resulta que mientras haya alguien esperando una respuesta, ninguna otra persona podrá aproximarse para exponer sus necesidades o sus ambiciones. A primera vista, quien ganaba con este artículo del reglamento era el rey, puesto que al ser menos numerosa la gente que venía a incomodarlo con lamentos, más tiempo tenía, y más sosiego, para recibir, contemplar y guardar los obsequios. A segunda vista, sin embargo, el rey perdía, y mucho, porque las protestas públicas, al notarse que la respuesta tardaba más de lo que era justo, aumentaban gravemente el descontento social, lo que, a su vez, tenía inmediatas y negativas consecuencias en el flujo de obsequios. En el caso que estamos narrando, el resultado de la ponderación entre los beneficios y los perjuicios fue que el rey, al cabo de tres días, y en real persona, se acercó a la puerta de las peticiones, para saber lo que quería el entrometido que se había negado a encaminar el requerimiento por las pertinentes vías burocráticas. Abre la puerta, dijo el rey a la mujer de la limpieza, y ella preguntó, Toda o sólo un poco.

El rey dudó durante un instante, verdaderamente no le gustaba mucho exponerse a los aires de la calle, pero después reflexionó que parecería mal, aparte de ser indigno de su majestad, hablar con un súbdito a través de una rendija, como si le tuviese miedo, sobre todo asistiendo al coloquio la mujer de la limpieza, que luego iría por ahí diciendo Dios sabe qué, De par en par, ordenó. El hombre que quería un barco se levantó del suelo cuando comenzó a oír los ruidos de los cerrojos, enrolló la manta y se puso a esperar. Estas señales de que finalmente alguien atendería y que por tanto el lugar pronto quedaría desocupado, hicieron aproximarse a la puerta a unos cuantos aspirantes a la liberalidad del trono que andaban por allí, prontos para asaltar el puesto apenas quedase vacío. La inopinada aparición del rey (nunca una tal cosa había sucedido desde que usaba corona en la cabeza) causó una sorpresa desmedida, no sólo a los dichos candidatos, sino también entre la vecindad que, atraída por el alborozo repentino, se asomó a las ventanas de las casas, en el otro lado de la calle. La única persona que no se sorprendió fue el hombre que vino a pedir un barco. Calculaba él, y acertó en la previsión, que el rey, aunque tardase tres días, acabaría sintiendo la curiosidad de ver la cara de quien, nada más y nada menos, con notable atrevimiento, lo había mandado llamar. Dividido entre la curiosidad irreprimible y el desagrado de ver tantas personas juntas, el rey, con el peor de los modos, preguntó tres preguntas seguidas, Tú qué quieres, Por qué no dijiste lo que querías, Te crees que no tengo nada más que hacer, pero el hombre sólo respondió a la primera pregunta, Dame un barco, dijo. El asombro dejó al rey hasta tal punto desconcertado que la mujer de la limpieza se vio obligada a acercarle una silla de enea, la misma en que ella se sentaba cuando necesitaba trabajar con el hilo y la aguja, pues, además de la limpieza, tenía también la responsabilidad de algunas tareas menores de costura en el palacio, como zurcir las medias de los pajes. Mal sentado, porque la silla de enea era mucho más baja que el trono, el rey buscaba la mejor manera de acomodar las piernas, ora encogiéndolas, ora extendiéndolas para los lados, mientras el hombre que quería un barco esperaba con paciencia la pregunta que seguiría, Y tú para qué quieres un barco, si puede saberse, fue lo que el rey preguntó cuando finalmente se dio por instalado con sufrible comodidad en la silla de la mujer de la limpieza, Para buscar la isla desconocida, respondió el hombre. Qué isla desconocida, preguntó el rey, disimulando la risa, como si tuviese enfrente a un loco de atar, de los que tienen manías de navegaciones, a quien no sería bueno contrariar así de entrada, La isla desconocida, repitió el hombre, Hombre, ya no hay islas desconocidas, Quién te ha dicho, rey, que ya no hay islas desconocidas, Están todas en los mapas, En los mapas están sólo las islas conocidas, Y qué isla desconocida es esa que tú buscas, Si te lo pudiese decir, entonces no sería desconocida, A quién has oído hablar de ella, preguntó el rey, ahora más serio, A nadie, En ese caso, por qué te empeñas en decir que ella existe, Simplemente porque es imposible que no exista una isla desconocida, Y has venido aquí para pedirme un barco, Sí, vine aquí para pedirte un barco, Y tú quién eres para que yo te lo dé, Y tú quién eres para no dármelo, Soy el rey de este reino y los barcos del reino me pertenecen todos, Más les pertenecerás tú a ellos que ellos a ti, Qué quieres decir, preguntó el rey inquieto, Que tú sin ellos nada eres, y que ellos, sin ti, pueden navegar siempre, Bajo mis órdenes, con mis pilotos y mis marineros, No te pido marineros ni piloto, sólo te pido un barco, Y esa isla desconocida, si la encuentras, será para mí, A ti, rey, sólo te interesan las islas conocidas, (continuar leyendo)

JOSÉ SARAMAGO, 2001

El cuento original, O Conto da Ilha Desconhecida (portugués)

martes, diciembre 06, 2005

· Oh Capitán, mi Capitán (p)

Oh Capitán, mi Capitán:
nuestro azaroso viaje ha terminado.
Al fin venció la nave y el premio fue ganado.
Ya el puerto se halla próximo,ya se oye la campana
y ver se puede el pueblo que entre vítores,
con la mirada sigue la nao soberana.

Mas ¿no ves, corazón, oh corazón,
cómo los hilos rojos van rodando
sobre el puente en el cual mi Capitán
permanece extendido, helado y muerto?

Oh Capitán, mi Capitán:
levántate aguerrido y escucha cual te llaman
tropeles de campanas.
Por ti se izan banderas y los clarines claman.
Son para ti los ramos, las coronas, las cintas.

Por ti la multitud se arremolina,
por ti llora, por ti su alma llamea
y la mirada ansiosa, con verte, se recrea.

Oh Capitán, ¡mi Padre amado!
Voy mi brazo a poner sobre tu cuello.
Es sólo una ilusión que en este puente
te encuentres extendido, helado y muerto.

Mi padre no responde.
Sus labios no se mueven.
Está pálido, pálido. Casi sin pulso, inerte.
No puede ya animarle mi ansioso brazo fuerte.
Anclada está la nave: su ruta ha concluido.
Feliz entra en el puerto de vuelta de su viaje.
La nave ya ha vencido la furia del oleaje.
Oh playas, alegraos; sonad, claras campanas
en tanto que camino con paso triste, incierto,
por el puente do está mi Capitán
para siempre extendido, helado y muerto.

WALT WHITMAN

lunes, octubre 31, 2005

· Pueblo (p)


Pero ¿qué son las armas: qué pueden, quién ha dicho?
Signo de cobardía son: las armas mejores
aquellas que contienen el proyectil de hueso
son. Mírate las manos.

Las ametralladoras, los aeroplanos, pueblo:
todos los armamentos son nada colocados
delante de la terca bravura que resopla
en tu esqueleto fijo.

Porque un cañón no puede lo que pueden diez dedos:
porque le falta el fuego que en los brazos dispara
un corazón que viene distribuyendo chorros
hasta grabar un hombre.

Poco valen las armas que la sangre no nutre
ante un pueblo de pómulos noblemente dispuestos,
poco valen las armas: les falta voz y frente,
les sobra estruendo y humo.

Poco podrán las armas: les falta corazón.
Separarán de pronto dos cuerpos abrazados,
pero los cuatro brazos avanzarán buscándose
enamoradamente.

Arrasarán un hombre, desclavarán de un vientre
un niño todo lleno de porvenir y sombra,
pero, tras los pedazos y la explosión, la madre
seguirá siendo madre.

Pueblo, chorro que quieren cegar, estrangular,
y salta ante las armas más alto, más potente:
no te estrangularán porque les faltan dedos,
porque te basta sangre.

Las armas son un signo de impotencia: los hombres
se defienden y vencen con el hueso ante todo.
Mirad estas palabras donde me ahondo y dejo
fósforo emocionado.

Un hombre desarmado siempre es un firme bloque:
sabe que no es estéril su firmeza, y resiste.
Y los pueblos se salvan por la fuerza que sopla
desde todos sus muertos.

El hombre acecha (1938 - 1939), MIGUEL HERNÁNDEZ

martes, septiembre 20, 2005

· La Juerza d'un queré (p)



I
Jue´n la joya de las Torbiscas una siesta,
cuando´l sol achicharraba;
una sieta qu´entumía los sentios
el bochorno de la calda;
sin arrullos de las tórtolas
ni continos sonsonetes de chicharras,
sin triníos de cogutas
y sin roncos gurrapeos de las ranas;
una siesta pa dormía baj´un chopo,
paz´arriba, junt´al agua.

Tan siquiera
los oidos barruntaban,
con la zumba de los negros moscardones
y las negras telarañas,
chorrear los goterones derretios
de la pringue de las jaras.

En un claro de la joya las Torbiscas
está Blas, el de la Juana,
mesmamente, de cluquillas, currucao
al sombrajo d´unas matas,
con la boca mu abierta
y los ojos encendios como brasas.

Junt´a Blas están, cansinos y moörros,
los borregos que le jorman la piara,
y a la vera los borregos, dos mastines
con dos bocas que se páecen a dos fraguas
po su recio resoplá como los fuelles
y sus lenguas colorás como las llamas.

Blas recorta con cudiao
los canutos d´una caña,
porque Blas quiere jacé con los canutos
una flauta,
pa de noche, con la luna,
dir a dá su serenata
junt´al chozo donde duerme
Rosarillo, la zagala;
una moza con los ojos más oscuros
qu´una noche de borrasca,
más alegre que la risa
d´un regacho d´agua clara
y más güena que la Virgen de las Cruces,
la patrona de las fiestas de la Raza.

II
Con los pelos desgreñaos,
con los ojos escocíos po las lágrimas,
medio loca por el mieo,
revolando los jarones de las sayas,
trompezando, dando brincos, dando voces
que retumban en las sierras solitarias,
va corriendo pa la joya las Torbiscas
Rosarillo, la zagala,
y detrás de Rosarillo va la loba,
una loba echando babas,
con los ojos de carbuncos encendíos,
con el jopo entre las patas,
esgarrando a dentellás las chaparreras
po la juerte calentura de la rabia.

Naide acude de las sierras de l´umbria,
naide viene a socorrer a la zagala;
ya la probe, ni gañir pué tan siquiera
y s´ajoga bajo´l sol que l´achicharra.

Páecen muertas las laéras de los cerros,
y las joyas d´al reor, y las barrancas.
Páecen muertos los pastores, los zagales,
los mastines y los burros y las cabras.

Jacezando va corriendo, ya cansina,
con los pelos desgreñaos, la zagala,
y, trotando detrás d´ella va la loba
con el jopo entre las patas.
Va la loba ya mu cerca, va tan cerca
que l´alcanza...

Al prencipio resonó com´un jiguero
qu´en la joya las Torbiscas canturrara,
y endispués como los trinos d´una mirla
que dijera sus quereles junt´al agua.
Era Blas que ya jormó con los canutos
una flauta,
y soplaba pa jacé con sus soníos
una durce serenata
pa qu´al son se le durmiera po las noches
Rosarillo, la zagala.

Algo asín como la vida que viniera
po los aires con el toque d´una flauta;
algo asín como la lumbre d´un relampago
qu´en la noche las negruras esgarrara
luminando las majás a los perdíos
en metá de la montaña,
jue la música de Blas pa la chiquilla
tan a punto que la loba l´alcanzaba.

D´un tirón saltó una peña;
y, al roar por la barranca,
dio un chillio; dio´l chillio de las tórtolas
bajo´l vuelo de las águilas;
un chillio qu´en la joya las Torbiscas
resonó com´l clarín d´una batalla.

Blas sintió qu´aquel chillio
l´esgarraba las entrañas,
y notó que de sus deos s´escurrían
poco a poco los canutos de su flauta.
Blas la vido, Blas la vido como loca
revolcase entre las zarzas,
y era ella, ¡era ella!,
Rosarillo, la zagala,
la que Blas tanto queria dende nuevo
sin icirle una palabra.

Lo mesmito qu´un jabato corralao
po los perros, entre medio de las jaras;
lo mesmito que la trompa d´un torrente
corre blas pa la barranca
donde viene ya la loba
con el jopo entre las patas.
Blas miró pa Rosarillo, de reojo,
y tiró por la navaja,
y se jue com´un alano pa la loba
qu´en un risco l´aguardaba.

Reguñendo como perros ajotaos
dieron güertas al reó de la retama,
y endispués de cada güerta
s´encogían, s´aplastaban,
se miraban con los ojos encendios
como puntas de carbuncos jechos ascuas.

Eran dos lobos iguales en la juerza;
eran dos juerzas iguales en la rabia.

A la par s´abalanzaron dambos juntos,
s´estrujaron, s´enrearon con tal gana,
qu´escupíos, y mordíos y abrazaos
se jundieron entre medio d´unas zarzas.

Sólo Dios que dende arriba ve las cosas
que suceden en las sierras solitarias,
sólo Dios vido la riña cuerpo a cuerpo,
sólo Dios vido la lucha tan extraña
de la juerza de la rabia d´una loba
con la juerza del queré d´una zagala.

Ya no hay mieo, ya no hay mieo, la he matao,
dijo Blas cuando salió d´entre las zarzas,
esgarraos los carzones,
jecha cisco la zamarra,
jecho un charco po la sangre
que del pecho y la caëza le manaba.
ya no hay mieo, ya no hay mieo de la loba
la maté con mi navaja.

Ella vino despacito, sollozando,
s´arrimó sin dá la cara;
con la punta del mandil, jecho jirones,
premcipió a secá sus lágrimas.

- Eres juerte dijo entonces Rosarillo -.
¡Gracias!, ¡gracias!:
eres juerte y eres güeno
como el Cristo de las Aguas. -

Con la juerza d´un queré jondo, nu jondo,
que s´ajoga dentro´l alma,
Rosarillo de repente, le dió un beso,
el primero qu´ella daba,
que tamién a Blas quería dende nueva
sin icirle una palabra.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Blas reía, se reía lleno e sangre
con la risa d´un regacho d´agua clara.

III
En las noches del verano,
en las durces noches claras,
cuando tiemblan las estrellas
entre medio d´una luna´zul y branca,
y s´escuchan a lo lejos los cantares
de los grillos y las ranas,
algo asín com´un jilguero
qu´en la joya las Torbiscas canturrara,
algo asín como los trinos d´una mirla
que dijera sus quereles junt´l agua,
se barrunta dende arriba de las sierras,
entre medio de los brezos y las jaras.

Es que Blas junt´a la choza donde duerme
Rosarillo, la zagala,
toca siempre, toás las noches,
los canutos de su flauta,
porque ice que se sueña su Rosario
toás las noches con la loba de la rabia,
y se duerme mu tranquila, poco a poco,
con el son d´aquella flauta;
y dormía se le rie, se le rie
con la risa d´un regacho d´agua clara.


LUIS CHAMIZO

lunes, septiembre 12, 2005

· Cuentos tan cortos

...tan cortos como suspiros,
como el inicio de un gesto,
como la insinuación de una sonrisa,
como el primer instante de un sueño.

Seré breve.
Breve como las palabras no pronunciadas,
como las miradas de entendimiento entre dos cómplices,
como la caricia de ánimo
o el beso en la mejilla.
Breve como los cuentos que caben en una mano
o los que desaparecen en la segunda hoja.


JOSÉ MANUEL FERNÁNDEZ ARGÜELLES



Reposo


Los mil gestos producidos dentro de una larga convivencia explican, en silencio, mudas palabras de amor. Y es que el cuerpo, en su movimiento torpe, pesado y soso, continuamente dice lo que le pasa y siente. Por eso, a veces, cuando acostados apoyo mi brazo en tu cadera, en cansado gesto, no busco el inicio del juego de la pasión, sino que procuro el reposo de mi derrota en tu cuerpo tranquilo y ajeno de conflictos.


Hacia abajo

La abrazó desde atrás por la cintura, y ella no opuso resistencia, más a contrario, cogió las manos del hombre y empujó de ellas hacia abajo.


El Don Juan

La besó muchas veces esperando una respuesta que no logró. Después usó cientos de palabras, ya hermosas, ya desgarradas, invocando un amor sublime, mas nada consiguió tampoco. Por fin, la miró con enorme ternura, pero ella continuó ignorando todas sus artes. Derrotado, el conquistador se fue triste. Y cuando ya había comenzado a olvidarla, pero aún la frustración le dolía, descubrió que lo que de verdad había amado en ella era su silencio, y eso lo había obtenido. Dio así por bien empleada la aventura y la olvidó del todo.


Sentidos

Tengo para ti el tacto húmedo del recorrido que una lágrima deja sobre la piel. Te he guardado el casi inaudible sonido que provoca el roce de los labios. Mi regalo será el sabor indefinible del sudor que emana de la piel en contacto con tu boca. Te daré también la imagen de una sonrisa feliz que te engañe un poco. Finalmente, el olor humano de mi cuerpo te indicará que existo.


La risa

Había decidido morirse, pero una risa lo había salvado. Estaba intentando, con verdaderos esfuerzos, encaramarse a lo alto de la verja del viaducto de los suicidas, cuando oyó tras de sí la voz infantil, que decía: "¡Mira el hombre ese en postura tan tonta!". Y después las risas. También la suya.


La moneda perdida

Perdí una hermosa y pequeña moneda de oro, o quizás no fue así. Lo cierto es que el colgante donde estaba prendida la pieza dorada desapareció de la hebilla de mi pantalón. Su valor no era escaso, pero me dolía más la pérdida, si es que fue eso, por el significado familiar que poseía. Recuerdo vivamente cuando mi difunto abuelo me la regaló, que dijo:
-Esta moneda estará contigo hasta el día que yo vuelva para recogerla.


Si me dejas

-Moriré si me dejas -dijo ella.
El hombre sonrió y la besó, al tiempo que se apartaba un poco, dando por concluido el acto que habían realizado hasta ese preciso instante. Pero no había acabado él de separar del todo su cuerpo del de ella, cuando la oyó decir:
-¡No! Te dije que me muero si me dejas.


Encerrado

Con frenética impaciencia empujó el picaporte, pero no logró abrir la puerta de la habitación cerrada. Golpeó, ya fuera de sí, la dura madera maciza, y por fin, del otro lado, alguien dijo:
-Nadie puede abrirte. Todos estamos atrapados. Tú ahí y nosotros del otro lado.



JOSÉ MANUEL FERNÁNDEZ ARGÜELLES


· El otro yo

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la naríz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.

El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse imcómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.

Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo qué hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Éste no dijo nada, pero a la mañama siguiente se habia suicidado.

Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.

Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el proposito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas. Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre Armando.Y pensar que parecía tan fuerte y saludable».

El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.


MARIO BENEDETTI

jueves, septiembre 08, 2005

· Materia (p)

Convertir la palabra en la materia
donde lo que quisiéramos decir no pueda
penetrar más allá
de lo que la materia nos diría
si a ella, como un vientre,
delicado aplicásemos,
desnudo, blanco vientre,
delicado el oído para oír
el mar, el indistinto
rumor del mar, que más allá de ti,
el no nombrado amor, te engendra siempre.

JOSÉ ÁNGEL VALENTE

· Noche Primera (p)


Empuja el corazón,quiébralo,
ciégalo,
hasta que nazca en él
el poderoso vacío
de lo que nunca podrás nombrar.

Sé, al menos,
su inminencia
y quebrantado hueso
de su proximidad.

Que se haga noche. (Piedra,
nocturna piedra sola.)

Alza entonces la súplica:
que la palabra sea sólo verdad.


JOSÉ ÁNGEL VALENTE

martes, agosto 30, 2005

· Ojalá (c)

Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan,
para que no las puedas convertir en cristal.
Ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo.

Ojalá que la luna pueda salir sin ti.
Ojalá que la tierra no te bese los pasos.
Ojalá se te acabe la mirada constante,
la palabra precisa, la sonrisa perfecta.

Ojalá pase algo que te borre de pronto,
una luz cegadora, un disparo de nieve.
Ojalá por lo menos que me lleve la muerte,
para no verte tanto, para no verte siempre.

En todos los segundos, en todas las visiones.
Ojalá que no pueda tocarte ni en canciones.
Ojalá que la aurora, no dé gritos que caigan en mi espalda.
Ojalá que tu nombre, se le olvide a esa voz.

Ojalá las paredes no retengan tu ruido de camino cansado.
Ojalá que el deseo se vaya tras de ti,
a tu viejo gobierno de difuntos y flores.

Ojalá se te acabe la mirada constante,
la palabra precisa, la sonrisa perfecta.
Ojalá pase algo que te borre de pronto,
una luz cegadora, un disparo de nieve.

Ojalá por lo menos que me lleve la muerte,
para no verte tanto, para no verte siempre
En todos los segundos, en todas las visiones.
Ojalá que no pueda tocarte ni en canciones.

SILVIO RODRÍGUEZ




miércoles, agosto 24, 2005

· No perdamos el tiempo (P)


Si el mar es infinito y tiene redes,
si su música sale de la ola,
si el alba es roja y el ocaso verde,
si la selva es lujuria y la luna caricia,
si la rosa se abre y perfuma la casa,
si la niña se ríe y perfuma la vida,
si el amor va y me besa y me deja temblando
¿Qué importancia tiene todo eso,
mientras haya en mi barrio una mesa sin patas,
un niño sin zapatos o un contable tosiendo,
un banquete de cáscaras,
un concierto de perros,
una ópera de sarna?
Debemos inquietarnos por curar las simientes,
por vendar corazones y escribir el poema
que a todos nos contagie.
Y crear esa frase que abrace todo el mundo;
los poetas debiéramos arrancar las espadas,
inventar más colores y escribir padrenuestros.
Ir dejando las risas en la boca del túnel
y no decir lo íntimo, sino cantar al corro;
no cantar a la luna, no cantar a la novia,
no escribir unas décimas, no fabricar sonetos.
Debemos, pues sabemos, gritar al poderoso,
gritar eso que digo, que hay bastantes viviendo
debajo de las latas con lo puesto y aullando
y madres que a sus hijos no peinan a diario,
y padres que madrugan y no van al teatro.
Adornar al humilde poniéndole en el hombro nuestro verso;
cantar al que no canta y ayudarle es lo sano.
Asediar usurcros y con rara paciencia convencerles sin asco.
Trillar en la labranza, bajar a alguna mina;
ser buzo una semana, visitar los asilos,
las cárceles, las ruinas; jugar con los párvulos,
danzar en las leproserías
Poetas, no perdamos el tiempo, trabajemos,
que al corazón le llega poca sangre.

GLORIA FUERTES

martes, agosto 23, 2005

· Los ojos verdes

Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir cualquier cosa con este
título.
Hoy, que se me ha presentado ocasión, lo he puesto con letras grandes
en la primera cuartilla de papel, y luego he dejado a capricho volar la pluma.
Yo creo que he visto unos ojos como los que he pintado en esta leyenda. No sé
si en sueños, pero yo los he visto. De seguro no los podré describir tales cuales
ellos eran: luminosos, transparentes como las gotas de la lluvia que se
resbalan sobre las hojas de los árboles después de una tempestad de verano.
De todos modos, cuento con la imaginación de mis lectores para
hacerme comprender en este que pudiéramos llamar boceto de un cuadro que
pintaré algún día.











I
-Herido va el ciervo... herido va; no hay duda. Se ve el rastro de la
sangre entre las zarzas del monte, y al saltar uno de esos lentiscos han
flaqueado sus piernas... Nuestro joven señor comienza por donde otros
acaban... en cuarenta años de montero no he visto mejor golpe... Pero. ¡por
San Saturio, patrón de Soria!, cortadle el paso por esas carrascas, azuzad los
perros, soplad en esas trompas hasta echar los hígados, y hundidle a los
corceles una cuarta de hierro en los ijares: ¿no veis que se dirige hacia la
fuente de los álamos; y si la salva antes de morir podemos darle por perdido?
Las cuencas del Moncayo repitieron de eco en eco el bramido de las trompas,
el latir de la jauría desencadenada, y las voces de los pajes resonaron con
nueva furia, y el confuso tropel de hombres, caballos y perros se dirigió al punto
que Íñigo, el montero mayor de los marqueses de Almenar, señalara como el
más a propósito para cortarle el paso a la res.
Pero todo fue inútil. Cuando el más ágil de los lebreles llegó a las
carrascas jadeante y cubiertas las fauces de espuma, ya el ciervo rápido como
una saeta, las había salvado de un solo brinco, perdiéndose entre los
matorrales de una trocha que conducía a la fuente.
-¡Alto!... ¡Alto todo el mundo! -gritó Íñígo entonces-; estaba de Dios que
había de marcharse.
Y la cabalgata se detuvo, y enmudecieron las trompas, y los lebreles
dejaron refunfuñando la pista a la voz de los cazadores.
En aquel momento se reunía a la comitiva el héroe de la fiesta,
Fernando de Argensola, el primogénito de Almenar.
-¿Qué haces? -exclamó dirigiéndose a su montero, y en tanto, ya se
pintaba el asombro en sus facciones, ya ardía la cólera en sus ojos-. ¿Qué
haces, imbécil? ¡Ves que la pieza está herida, que es la primera que cae por mi
mano, y abandonas el rastro y la dejas perder para que vaya a morir en el
fondo del bosque! ¿Crees acaso que he venido a matar ciervos para festines
de lobos?
-Señor -murmuró Íñigo entre dientes-, es imposible pasar de este punto.
-¡Imposible! ¿Y por qué?
-Porque esa trocha -prosiguió el montero- conduce a la fuente de los
Álamos; la fuente de los Álamos, en cuyas aguas habita un espíritu del mal. El
que osa enturbiar su corriente, paga caro su atrevimiento. Ya la res habrá
salvado sus márgenes; ¿cómo la salvaréis vos sin atraer sobre vuestra cabeza
alguna calamidad horrible? Los cazadores somos reyes del Moncayo, pero
reyes que pagan un tributo. Pieza que se refugia en esa fuente misteriosa,
pieza perdida.
-¡Pieza perdida! Primero perderé yo el señorío de mis padres, y primero
perderé el ánima en manos de Satanás, que permitir que se me escape ese
ciervo, el único que ha herido mi venablo, la primicia de mis excursiones de
cazador... ¿Lo ves?... ¿Lo ves?... Aún se distingue a intervalos desde aquí...
las piernas le faltan, su carrera se acorta; déjame... déjame... suelta esa brida o
te revuelco en el polvo... ¿Quién sabe si no le daré lugar para que llegue a la
fuente? Y si llegase, al diablo ella, su limpidez y sus habitadores. ¡Sus!,
¡Relámpago!, ¡sus, caballo mío!, si lo alcanzas, mando engarzar los diamantes
de mi joyel en tu serreta de oro.
Caballo y jinete partieron como un huracán.
Íñigo los siguió con la vista hasta que se perdieron en la maleza;
después volvió los ojos en derredor suyo; todos, como él, permanecían
inmóviles y consternados.
El montero exclamó al final:
-Señores, vosotros lo habéis visto; me he expuesto a morir entre los pies
de su caballo por detenerle. Yo he cumplido con mi deber. Con el diablo no
sirven valentías. Hasta aquí llega el montero con su ballesta; de aquí adelante,
que pruebe a pasar el capellán con su hisopo.

II
-Tenéis la color quebrada; andáis mustio y sombrío; ¿qué os sucede?
Desde el día, que yo siempre tendré por funesto, en que llegasteis a la fuente
de los Álamos en pos de la res herida, diríase que una mala bruja os ha
encanijado con sus hechizos.
Ya no vais a los montes precedido de la ruidosa jauría, ni el clamor de
vuestras trompas despierta sus ecos. Sólo con esas cavilaciones que os
persiguen, todas las mañanas tomáis la ballesta para enderezaros a la
espesura y permanecer en ella hasta que el sol se esconde. Y cuando la noche
oscurece y volvéis pálido y fatigado al castillo, en balde busco en la bandolera
los despojos de la caza. ¿Qué os ocupa tan largas horas lejos de los que más
os quieren?
Mientras Íñigo hablaba Fernando, absorto en sus ideas, sacaba
maquinalmente astillas de su escaño de ébano con el cuchillo de monte.
Después de un largo silencio, que sólo interrumpía el chirrido de la hoja al
resbalar sobre la pulimentada madera, el joven exclamó dirigiéndose a su
servidor, como si no hubiera escuchado una sola de sus palabras:
Íñigo, tú que eres viejo; tú que conoces todas las guaridas del Moncayo,
que has vivido en sus faldas persiguiendo a las fieras, y en tus errantes
excursiones de cazador subiste más de una vez a su cumbre, dime: ¿has
encontrado por acaso una mujer que vive entre sus rocas?
-¡Una mujer! -exclamó el montero con asombro y mirándole de hito en
hito.
-Sí -dijo el joven-; es una cosa extraña lo que me sucede, muy extraña...
Creí poder guardar ese secreto eternamente, pero no es ya posible; rebosa en
mi corazón y asoma a mi semblante. Voy, pues, a revelártelo... Tú me ayudarás
a desvanecer el misterio que envuelve a esa criatura, que al parecer sólo para
mí existe, pues nadie la conoce, ni la ha visto, ni puede darme razón de ella.
El montero, sin desplegar los labios, arrastró su banquillo hasta colocarle junto
al escaño de su señor, del que no apartaba un punto los espantados ojos. Éste,
después de coordinar sus ideas prosiguió así:
-Desde el día en que a pesar de tus funestas predicciones llegué a la
fuente de los Álamos, y atravesando sus aguas recobré el ciervo que vuestra
superstición hubiera dejado huir, se llenó mi alma del deseo de la soledad.
Tú no conoces aquel sitio. Mira, la fuente brota escondida en el seno de una
peña, y cae resbalándose gota a gota por entre las verdes y flotantes hojas de
las plantas que crecen al borde de su cuna. Aquellas gotas que al
desprenderse brillan como puntos de oro y suenan como las notas de un
instrumento, se reúnen entre los céspedes, y susurrando, con un ruido
semejante al de las abejas que zumban en torno de las flores, se alejan por
entre las arenas, y forman un cauce, y luchan con los obstáculos que se
oponen a su camino, y se repliegan sobre sí mismas, y saltan, y huyen, y
corren, unas veces con risa, otras con suspiros, hasta caer en un lago. En el
lago caen con un rumor indescriptible. Lamentos, palabras, nombres, cantares,
yo no sé lo que he oído en aquel rumor cuando me he sentado sólo y febril
sobre el peñasco, a cuyos pies saltan las aguas de la fuente misteriosa para
estancarse en una balsa profunda, cuya inmóvil superficie apenas riza el viento
de la tarde.
Todo es allí grande. La soledad, con sus mil rumores desconocidos, vive
en aquellos lugares y embriaga el espíritu en su inefable melancolía. En las
plateadas hojas de los álamos, en los huecos de las peñas, en las ondas del
agua, parecen que nos hablan los invisibles espíritus de la Naturaleza, que
reconocen un hermano en el inmortal espíritu del hombre.
Cuando al despuntar la mañana me veías tomar la ballesta y dirigirme al
monte, no fue nunca para perderme entre sus matorrales en pos de la caza, no;
iba a sentarme al borde de la fuente, a buscar en sus ondas... no sé qué, ¡una
locura! El día en que salté sobre ella con mi Relámpago, creí haber visto brillar
en su fondo una cosa extraña... muy extraña...; los ojos de una mujer.
Tal vez sería un rayo de sol que serpeó fugitivo entre su espuma; tal vez
una de esas flores que flotan entre las algas de su seno, y cuyos cálices
parecen esmeraldas... no sé: yo creí ver una mirada que se clavó en la mía;
una mirada que encendió en mi pecho un deseo absurdo, irrealizable: el de
encontrar una persona con unos ojos como aquellos.
En su busca fui un día y otro a aquel sitio.
Por último, una tarde... yo me creí juguete de un sueño...; pero no, es
verdad; la he hablado ya muchas veces, como te hablo a ti ahora...; una tarde
encontré sentada en mi puesto, y vestida con unas ropas que llegaban hasta
las aguas y flotaban sobre su haz, una mujer hermosa sobre toda ponderación.
Sus cabellos eran como el oro; sus pestañas brillaban como hilos de luz, y
entre las pestañas volteaban inquietas unas pupilas que yo había visto... sí;
porque los ojos de aquella mujer eran los que yo tenía clavados en la mente;
unos ojos de un color imposible; unos ojos...
-¡Verdes! -exclamó Íñigo con un acento de profundo terror e
incorporándose de un salto en su asiento.
Fernando le miró a su vez como asombrado de que concluyese lo que
iba a decir, y le preguntó con una mezcla de ansiedad y de alegría:
-¿La conoces?
-¡Oh no! -dijo el montero.- ¡Líbreme Dios de conocerla! Pero mis padres,
al prohibirme llegar hasta esos lugares, me dijeron mil veces que el espíritu,
trasgo, demonio o mujer que habita en sus aguas, tiene los ojos de ese color.
Yo os conjuro, por lo que más améis en la tierra, a no volver a la fuente de los
Álamos. Un día u otro os alcanzará su venganza, y expiaréis muriendo el delito
de haber encenagado sus ondas.
-¡Por lo que más amo!... -murmuró el joven con una triste sonrisa.
-Sí -prosiguió el anciano-; por vuestros padres, por vuestros deudos, por
las lágrimas de la que el cielo destina para vuestra esposa, por las de un
servidor que os ha visto nacer.
-¿Sabes tú lo que más amo en este mundo? ¿Sabes tú por qué daría yo
el amor de mi padre, los besos de la que me dio la vida, y todo el cariño que
puedan atesorar todas las mujeres de la tierra? Por una mirada, por una sola
mirada de esos ojos... ¡Cómo podré yo dejar de buscarlos!
Dijo Fernando estas palabras con tal acento, que la lágrima que
temblaba en los párpados de Íñigo se resbaló silenciosa por su mejilla,
mientras exclamó con acento sombrío:
-¡Cúmplase la voluntad del cielo!

III
-¿Quién eres tú? ¿Cuál es tu patria? ¿En dónde habitas? Yo vengo un
día y otro en tu busca, y ni veo el corcel que te trae a estos lugares, ni a los
servidores que conducen tu litera. Rompe una vez el misterioso velo en que te
envuelves como en una noche, profunda. Yo te amo, y, noble o villana, seré
tuyo, tuyo siempre.
El sol había traspuesto la cumbre del monte; las sombras bajaban a
grandes pasos por su falda; la brisa gemía entre los álamos de la fuente, y la
niebla, elevándose poco a poco de la superficie del lago, comenzaba a
envolver las rocas de su margen.
Sobre una de estas rocas, sobre una que parecía próxima a
desplomarse en el fondo de las aguas, en cuya superficie se retrataba
temblando, el primogénito de Almenar, de rodillas a los pies de su misteriosa
amante, procuraba en vano arrancarle el secreto de su existencia.
Ella era hermosa, hermosa y pálida, como una estatua de alabastro. Uno
de sus rizos caía sobre sus hombros, deslizándose entre los pliegues del velo,
como un rayo de sol que atraviesa las nubes, y en el cerco de sus pestañas
rubias brillaban sus pupilas, como dos esmeraldas sujetas en una joya de oro.
Cuando el joven acabó de hablarle, sus labios se removieron como para
pronunciar algunas palabras; pero sólo exhalaron un suspiro, un suspiro débil,
doliente, como el de la ligera onda que empuja una brisa al morir entre los
juncos.
-¡No me respondes! -exclamó Fernando, al ver burlada su esperanza-;
¿querrás que dé crédito a lo que de ti me han dicho? ¡Oh, no!... Háblame; yo
quiero saber si me amas; yo quiero saber si puedo amarte, si eres una mujer...
-O un demonio... ¿Y si lo fuese?
El joven vaciló un instante; un sudor frío corrió por sus miembros; sus
pupilas se dilataron al fijarse con más intensidad en las de aquella mujer, y
fascinado por su brillo fosfórico, demente casi, exclamó en un arrebató de
amor:
-Si lo fueses... te amaría... te amaría, como te amo ahora, como es mi
destino amarte, hasta más allá de esta vida, si hay algo más allá de ella.
-Fernando -dijo la hermosa entonces con una voz semejante a una
música-: yo te amo más aún que tú me amas; yo que desciendo hasta un
mortal, siendo un espíritu puro. No soy una mujer como las que existen en la
tierra; soy una mujer digna de ti, que eres superior a los demás hombres. Yo
vivo en el fondo de estas aguas; incorpórea como ellas, fugaz y transparente,
hablo con sus rumores y ondulo con sus pliegues. Yo no castigo al que osa
turbar la fuente donde moro; antes le premio con mi amor, como a un mortal
superior a las supersticiones del vulgo, como a un amante capaz de
comprender mi cariño extraño y misterioso.
Mientras ella hablaba así, el joven, absorto en la contemplación de su
fantástica hermosura, atraído como por una fuente desconocida, se
aproximaba más y más al borde de la roca. La mujer de los ojos verdes
prosiguió así:
-¿Ves, ves el límpido fondo de ese lago, ves esas plantas de largas y
verdes hojas que se agitan en su fondo?... Ellas nos darán un lecho de
esmeraldas y corales... y yo... yo te daré una felicidad sin nombre, esa felicidad
que has soñado en tus horas de delirio, y que no puede ofrecerte nadie... Ven,
la niebla del lago flota sobre nuestras frentes como un pabellón de lino... las
ondas nos llaman con sus voces incomprensibles, el viento empieza entre los
álamos sus himnos de amor; ven... ven...
La noche comenzaba a extender sus sombras, la luna rielaba en la
superficie del lago, la niebla se arremolinaba al soplo del aire, y los ojos verdes
brillaban en la oscuridad como los fuegos fatuos que corren sobre el haz de las
aguas infectas... Ven... ven... Estas palabras zumbaban en los oídos de
Fernando como un conjuro. Ven... y la mujer misteriosa le llamaba al borde del
abismo donde estaba suspendida, y parecía ofrecerle un beso... un beso...
Fernando dio un paso hacia ella... otro... y sintió unos brazos delgados y
flexibles que se liaban a su cuello, y una sensación fría en sus labios
ardorosos, un beso de nieve... y vaciló... y perdió pie, y calló al agua con un
rumor sordo y lúgubre.
Las aguas saltaron en chispas de luz, y se cerraron sobre su cuerpo, y
sus círculos de plata fueron ensanchándose, ensanchándose hasta expirar en
las orillas.


Leyendas - GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER

viernes, agosto 12, 2005

· El perro cojo

Con la pata coja colgando, despojo de una pedrada, pasó el perro por mi lado.

Un perro de pobre casta, uno de esos, callejero, pobre de sangre y de estampa, que nacen en los rincones de perras tristes y flacas, condenados a comer basura de plaza en plaza, que de pequeños, por lo fino y ágil de la infancia, baloncitos de peluche, tibios bolones de nácar los acurrucan, los miman, los sacan al sol, les cantan... de mayores, conque ya se les fue la gracia, los dejan a su ventura, mendigos de casa en casa sus hambres por los rincones y su sed sobre las charcas...

¡Y qué tristes ojos tienen! , ¡Qué recóndita mirada!, como si en ella pusieran su dolor a media asta... y se mueren, de tristeza, a la sombra de una tapia si es que un lazo no les da una muerte anticipada.

Yo lo llamo: - ven, no te hago nada- todo hociquito curioso, toda sed, hambre, nostalgia.

El perro escucha mi voz, olfatea mis palabras, como esperando o temiendo, pan, caricias o pedradas, no en vano lleva marcado un mal recuerdo en la pata.

Lo llamo otra vez: - ven aquí, no te hago nada -, dócil a medias, avanza, moviendo el rabo con miedo y las orejitas gachas... - ven aquí, no te hago nada- eso es... ¡adiós a la desconfianza!, que ya se tiende a mis pies, a tiernos aullidos habla,

Ladra, para hablar más fuerte, salta, gira, gira, salta, canta, ríen, ríen cantan, lengua, orejas, ojos, patas y el rabo es un incansable abanico de palabras... -¿ que piedra te dejó cojo?, ¡malhaya, malhaya!... el perro me entiende, sabe que maldigo la pedrada, esa pedrada dura que le destrozó la pata y con el rabo me está agradeciendo la lástima.

-No te preocupes, que no ha de faltarte nada, yo también soy callejero, diente de distintas plazas y a patita coja voy, de jornada en jornada, las piedras que me tiraron, me dejaron coja el alma... vamos pues perrito, ¡anda que te anda!, tú por tus calles oscuras, yo, por las mías calladas, tú la pedrada en el cuerpo, yo, en el alma... y si te mueres, yo te enterraré en mi casa, bajo un letrero que diga: - aquí yace, un amigo de mi infancia- y en el cielo de los perros, pan tierno y carne mechada, te regalará San Roque, una muleta de plata-... Compañero, si los hay, amigo, dónde los haya, mi perro y yo por el mundo, pan pobre, rica compañía.

Era joven y era viejo, por más que yo lo cuidaba, el tiempo malo pasado lo fue dejando sin alma, fueron muchas hambres juntas, mucho peso para sus tres patas.

Una mañana, en el huerto, debajo de mi ventana, lo encontré, tendido, frío, como una piedra mojada, como duro musgo el pelo con el rocío brillaba, ya estaba mi pobre perro muerto de las cuatro patas y hacia el cielo de los perros, se fue, anda que te anda, las orejas de relente y el hociquito de escarcha... Portero y dueño del cielo, San Roque en la puerta estaba, ortopédico de mimos, cirujano de palabras, bien surtido de recambios con que curar viejas taras: -para ti tu rabo de oro, a ti tu ojo de ámbar, a ti las orejitas de nieve, tú, tu colmillo de nácar, tú... y mi perro le reía, tú, tu muleta de plata... Ahora sé, por que está la noche agujereada, luceros, estrellas, no, no, es mi perro que cuando anda, con la muleta va haciendo, agujeritos de plata...


MANUEL BENÍTEZ CARRASCO (GRANADA)

miércoles, junio 15, 2005

· Prefacio

El artista es creador de belleza.

Revelar el arte y ocultar al artista es la meta del arte.

El crítico es quien puede traducir de manera distinta o con nuevos materiales su impresión de la belleza. La forma más elevada de la crítica, y también la más rastrera, es una modalidad de autobiografía.

Quienes descubren significados ruines en cosas hermosas están corrompidos sin ser elegantes, lo que es un defecto. Quienes encuentran significados bellos en cosas hermosas son espíritus cultivados. Para ellos hay esperanza.

Son los elegidos, y en su caso las cosas hermosas sólo significan belleza.

No existen libros morales o inmorales.

Los libros están bien o mal escritos. Eso es todo.

La aversión del siglo por el realismo es la rabia de Calibán al verse la cara en el espejo.

La aversión del siglo por el romanticismo es la rabia de Calibán al no verse la cara en un espejo.

La vida moral del hombre forma parte de los temas del artista, pero la moralidad del arte consiste en hacer un uso perfecto de un medio imperfecto. Ningún artista desea probar nada. Incluso las cosas que son verdad se pueden probar.

El artista no tiene preferencias morales. Una preferencia moral en un artista es un imperdonable amaneramiento de estilo.

Ningún artista es morboso. El artista está capacitado para expresarlo todo.

Pensamiento y lenguaje son, para el artista, los instrumentos de su arte.

El vicio y la virtud son los materiales del artista. Desde el punto de vista de la forma, el modelo de todas las artes es el arte del músico. Desde el punto de vista del sentimiento, el modelo es el talento del actor.

Todo arte es a la vez superficie y símbolo.

Quienes profundizan, sin contentarse con la superficie, se exponen a las consecuencias.

Quienes penetran en el símbolo se exponen a las consecuencias.

Lo que en realidad refleja el arte es al espectador y no la vida.

La diversidad de opiniones sobre una obra de arte muestra que esa obra es nueva, compleja y que está viva. Cuando los críticos disienten, el artista está de acuerdo consigo mismo.

A un hombre le podemos perdonar que haga algo útil siempre que no lo admire. La única excusa para hacer una cosa inútil es admirarla infinitamente.

Todo arte es completamente inútil.



El retrato de Dorian Gray - OSCAR WILDE