Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.
Soy el Albatros que te espera en el final del mundo Soy el alma olvidada de los marineros muertos que cruzaron el Cabo de Hornos desde todos los mares de la tierra Pero ellos no murieron en las furiosas olas, hoy vuelan en mis alas, hacia la eternidad, en la última grieta de los vientos antárticos
SARA VIAL Dic - 1992 Monumento a los marinos muertos en las aguas del fin del mundo, CABO DE HORNOS , CHILE
Y eres como un pretexto para que yo medite y yo soy un pretexto de pena que te infieres, y en medio esa tristeza de hombres y de mujeres que es casi todo cuanto la vida nos permite;
pero tú y yo sabemos que cuando el mar se irrite, de toda esta comedia poblada de alfileres quedará la leyenda pequeña de dos seres que se amaron, aunque ello jamás nos resucite;
ahora estamos logrando la imperfección, mañana seremos el perfecto sollozo planetario, el no ser y el no amar y el no temer, hermana;
vivir es componer una música muerta, pero llevarle flores, rezarle así, a diario, quizá equivalga a oírla, como si fuera cierta.
Porque yo no sé vivir sin dar la cara a la cruz del porvenir y del pasado. Porque aún me faltan muchos años para ser un ser humano como está mandado.
Porque no me plegaré ante las plegarias de los falsos, de los que se creen normales. Porque no vivo ‘inter pares’, sino parias, desalmados, adiestrados, subnormales.
Porque no permito que las pistas falsas me despisten de llegar al objetivo. Porque no rehuyo apoquinar las tasas que me impongan por usar un adjetivo.
Porque no les cederé jamás el paso a quienes van galopando por la vida. Porque escribo un diccionario del fracaso para gente triunfadora arrepentida.
Porque yo no quiero ser el as de copas babeante de las noches de parranda. Porque no me vestiré jamás con ropas que me arropen al estilo que Dios manda.
Porque yo, entre vencedores y vencidos, siempre escojo a quien causó menos heridas. Porque vivo de recuerdos y de olvidos y no muero por morir en siete vidas.
Porque llevo a mi diablo de la guarda protegiendo de la muerte a mis talones. Porque lucho por vencer a la bastarda memoria de quienes lucen los galones.
Porque no pienso votar a los que botan las pelotas que les hacen los de abajo. Porque estoy del lado de los que alborotan con campanas silenciosas sin badajo.
Porque aún sigo la estela del cometa que me lleve a la República Alegría. Porque no se cansará nunca el poeta de decir que hoy es siempre todavía.
A las ocho del día en febrero aún es de noche. No hay aún luz en los vagones, sólo oscuridad y aliento. No nos vemos: sentimos la compañía y el silencio.En el andén estalla la campana. Nos sobresalta la crueldad de un silbido. Tiemblan las sombras. Todo vuelve a un antiguo sentido.Nos dan la luz amarillenta y floja. Salimos de la oscuridad como del sueño: torpemente vivos.Éste es un tren de campesinos viejos y de mineros jóvenes. Aquí hay algo desconocido. Si supiésemos qué, algunos de nosotros sentiríamos vergüenza, y otros esperanza. Se está haciendo de día. Ya veo los montes dentro de la sombra, los robles, del mismo color del monte, la yerba vieja, sepultada en escarcha, y el río, azul y silencioso como un brazo de acero entre la nieve.Cruzan los pueblos de sonido humilde: Pardavé, Pedrún, Matueca…Cuando bajo del tren, siento frío. He dejado mi casa. Ahora estoy solo. ¿Qué hago aquí?, ¿quién me espera en este lugar excavado en el silencio?No lo sé; con el tren se aleja algo que es cierto aunque no puede ser pensado; es algo mío y no me pertenece. Está dentro y fuera de mi corazón.
2003, ANTONIO GAMONEDA
Ferrocarril de Matallana
A las ocho del día en febrero aún es de noche.
Subimos a este tren algunos hombres por motivos diversos.
Aún no hay luz en los vagones, sólo oscuridad y aliento.
No nos vemos los rostros pero sentimos la compañía y el silencio.
En el andén estalla la campana. Nos sobresalta la crueldad de un silbido. El tren arranca. Todo vuelve a su antiguo sentido.
Nos dan la luz amarillenta y floja. Salimos de la oscuridad como del sueño: torpemente vivos.
Y ahora empezaremos a mirarnos como hombres distintos: amaríamos a éste, pero a aquél nunca le amaríamos.
Sin embargo, la luz debiera ser quien nos hiciese amigos.
Éste es un tren de campesinos viejos y de mineros jóvenes.
Se ve algo que une más que la sangre y la amistad.
Es una cosa del cuerpo y del alma.
Es grande y dolorosa. Pero se está haciendo de día. Ahora ya se puede ver la tierra oscura bajo el hielo. Es hermosa la tierra en febrero. Vemos los montes todavía en sombra, los robles, del mismo color del monte, la yerba vieja sepultada en escarcha y, sobre lomas, las tierras de trabajo: cada surco endurecido por el río como la resistencia de los pobres.
Rectos y oscuros, los chopos llenan de serenidad las riberas y, cerca de ellos, bajo el pueblo, el río desciende azul y lleno de soledad.
Cruzan los pueblos de sonido humilde —Pardavé, Pedrún, Matueca—; las casas montan las paredes tristes sobre el espacio de las huertas; vemos las calles en silencio, vemos la iglesia muda y las cerradas puertas. Esto es un pueblo; se construye a base de paciencia y tierra.
Cuando bajo del tren, siento frío en medio de tanta verdad, y ya entiendo, sin pensar, muchas cosas. Comprendo, por ejemplo, la belleza de España.
España es también una tierra, pero una tierra sólo no es un país; un país es la tierra y sus hombres. Y un país sólo no es una patria; una patria es, amigos, un país con justicia.
Donde fuiste feliz alguna vez no debieras volver jamás: el tiempo habrá hecho sus destrozos, levantando su muro fronterizo contra el que la ilusión chocará estupefacta. El tiempo habrá labrado, paciente, tu fracaso mientras faltabas, mientras ibas ingenuamente por el mundo conservando como recuerdo lo que era destrucción subterránea, ruina.
Si la felicidad te la dio una mujer ahora habrá envejecido u olvidado y sólo sentirás asombro -el anticipo de las maldiciones. Si una taberna fue, habrá cambiado de dueño o de clientes y tu rincón se habrá ocupado con intrusos fantasmagóricos que con su ajeneidad, te empujan a la calle, al vacío. Si fue un barrio, hallarás entre los cambios del urbano progreso tu cadáver diseminado.
No debieras volver jamás a nada, a nadie, pues toda historia interrumpida tan sólo sobrevive para vengarse en la ilusión, clavarle su cuchillo desesperado, morir asesinando.
Mas sabes que la dicha es como un criminal que seduce a su victima que la reclama con atroz dulzura mientras esconde la mano homicida. Sabes que volverás, que te hallas condenado a regresar, humilde, donde fuiste feliz. Sabes que volverás porque la dicha consistió en marcarte con la nostalgia, convertirte la vida en cicatriz; y si has de ser leal, girarás errabundo alrededor del desastre entrañable como girase un perro ante la tumba de su dueño... su dueño... su dueño...
They're selling postcards of the hanging They're painting the passports brown The beauty parlor is filled with sailors The circus is in town Here comes the blind commissioner They've got him in a trance One hand is tied to the tight-rope walker The other is in his pants And the riot squad they're restless They need somewhere to go As Lady and I look out tonight From Desolation Row.
Cinderella, she seems so easy "It takes one to know one," she smiles And puts her hands in her back pockets Bette Davis style And in comes Romeo, he's moaning "You belong to Me I Believe" And someone says, "You're in the wrong place, my friend You better leave" And the only sound that's left After the ambulances go Is Cinderella sweeping up On Desolation Row.
Now the moon is almost hidden The stars are beginning to hide The fortunetelling lady Has even taken all her things inside All except for Cain and Abel And the hunchback of Notre Dame Everybody is making love Or else expecting rain And the Good Samaritan, he's dressing He's getting ready for the show He's going to the carnival tonight On Desolation Row.
Now Ophelia, she's 'neath the window For her I feel so afraid On her twenty-second birthday She already is an old maid To her, death is quite romantic She wears an iron vest Her profession's her religion Her sin is her lifelessness And though her eyes are fixed upon Noah's great rainbow She spends her time peeking Into Desolation Row.
Einstein, disguised as Robin Hood With his memories in a trunk Passed this way an hour ago With his friend, a jealous monk He looked so immaculately frightful As he bummed a cigarette Then he went off sniffing drainpipes And reciting the alphabet You would not think to look at him But he was famous long ago For playing the electric violin On Desolation Row.
Dr. Filth, he keeps his world Inside of a leather cup But all his sexless patients They're trying to blow it up Now his nurse, some local loser She's in charge of the cyanide hole And she also keeps the cards that read "Have Mercy on His Soul" They all play on penny whistles You can hear them blow If you lean your head out far enough From Desolation Row.
Across the street they've nailed the curtains They're getting ready for the feast The Phantom of the Opera In a perfect image of a priest They're spoonfeeding Casanova To get him to feel more assured Then they'll kill him with self-confidence After poisoning him with words And the Phantom's shouting to skinny girls "Get outa here if you don't know" Casanova is just being punished for going To Desolation Row.
At midnight all the agents And the superhuman crew Come out and round up everyone That knows more than they do Then they bring them to the factory Where the heart-attack machine Is strapped across their shoulders And then the kerosene Is brought down from the castles By insurance men who go Check to see that nobody is escaping To Desolation Row.
They be to Nero's Neptune The Titanic sails at dawn Everybody's shouting "Which side are you on ?" And Ezra Pound and T. S. Eliot Fighting in the captain's tower While calypso singers laugh at them And fishermen hold flowers Between the windows of the sea Where lovely mermaids flow And nobody has to think too much About Desolation Row.
Yes, I received your letter yesterday About the time the door knob broke When you asked me how I was doing Was that some kind of joke ? All these people that you mention Yes, I know them, they're quite lame I had to rearrange their faces And give them all another name Right now I can't read too good Dont send me no more letters no Not unless you mail them From Desolation Row.
Su mirada está del paso de las rejas tan cansada, que no retiene ya objeto alguno. Para ella, es como si mil rejas hubiera y detrás de las mil rejas ningún mundo.
La marcha muelle de trancos dúctiles y recios girando de un ínfimo círculo en la nada es como una danza de fuerza en torno a un centro, en que se yergue una voluntad narcotizada.
Sólo a veces, permite en silencio la apertura a la pupila el velo. - E ingresa una figura: por la tensa calma de los miembros va a correr, para en el corazón cesar, luego, de ser.
Los muertos están cada día más indóciles. Antes era fácil con ellos: les dábamos un cuello duro una flor loábamos sus nombres en una larga lista: que los recintos de la patria que las sombras notables que el mármol monstruoso. El cadáver firmaba en pos de la memoria: iba de nuevo a filas y marchaba al compás de nuestra vieja música. Pero qué va los muertos son otros desde entonces. Hoy se ponen irónicos preguntan. ¡Me parece que caen en la cuenta de ser cada vez más mayoría!
Salió el otro día en la tele: un aprisco de ovejas tras la incursión nocturna de una jauría de perros asilvestrados. Impresionaba el desconcierto desolado de los pastores junto a los pobres animales muertos o moribundos, acurrucados con el cuello deshecho, la carne viva y ensangrentada, aún palpitante, al descubierto. Como si en vez de perros se hubiera colado en el corral, por la noche, un grupo de carniceros serbios. Llegaron en la oscuridad, contaba uno de los pastores, excavando con astucia bajo la valla metálica, y se lanzaron a la matanza con evidentes ganas de hacer daño. Por las huellas eran siete u ocho, y dos de ellos fueron acorralados y capturados por la Guardia Civil en el monte cercano, todavía con sangre en el hocico. La cámara los mostraba atados y encerrados en un patio. Uno era grande, amastinado, de mandíbulas poderosas, y alzaba la cabeza con firmeza y desafío, como diciendo «lo haría otra vez en cuanto me soltarais». El otro era un tiñalpilla menudo, paticorto, de ojos grandes y oscuros, que miraba a la cámara con el aire arrepentido y lastimero de un Lute de cuatro patas; al estilo de esos delincuentes que, al pillarlos con las manos en la masa, dicen que roban o matan porque tienen hambre y la sociedad los hizo como son. El destino de ambos reclusos estaba claro: pruebas veterinarias y sacrificio. No pude evitar asociarlos con una pareja de presidiarios convictos en el corredor de la muerte, el duro que mantiene el tipo, y el tímido y asustado que, hasta el final, intenta convencernos de que es inocente. Supongo que a la hora de teclear estas líneas ya estarán muertos. Me quedó algo de esos perros, sin embargo. Una sensación extraña, incómoda, que me lleva a hablar hoy de ellos. En primer lugar, porque la muerte de ciertos seres humanos me tiene a veces sin cuidado; pero la de un perro no me deja nunca indiferente. Siempre sostuve que esos animales son mejores que las personas, y que cuando uno de nosotros desaparece del mapa, el mundo no pierde gran cosa; a veces, incluso, se libera de un verdugo o de un imbécil. Pero cada vez que muere un buen perro, todo se vuelve más desleal y sombrío. Lo de buenos o malos perros también es relativo. La mayor parte de las veces, lo que separa a uno heroico y bondadoso de otro majara, o asesino, no es más que la confusa y compleja línea que separa a un amo normal de un hijo de la gran puta. Porque los perros son, casi siempre, como los humanos los hacemos. En eso pienso ahora, con el mastín tipo duro y el chusquelillo de ojos melancólicos nítidos en el recuerdo. No es la primera vez que perros asilvestrados salen en los periódicos o en el telediario. Y siempre me quedo pensando mucho rato en esas jaurías espontáneas, formadas por chuchos supervivientes de las cunetas y las autopistas, que tras verse abandonados por sus amos sobreviven al calor, a la sed, al hambre, a la soledad; y lamiendo sus llagas terminan juntándose, para su fortuna, con otros hermanos de exilio, con otros proscritos que, igual que ellos, pasaron de ser cachorrillos mimados un día de Reyes a presencia molesta en casa de amos irresponsables, para terminar siendo abandonados a su suerte en un mundo difícil para el que nadie los había preparado. Un territorio hostil que ni conocían ni imaginaban. Por eso, para calmar la tristeza que me produce ese pensamiento y no conmoverme demasiado, prefiero creer que esos perros que, precisos y letales, atacaron el aprisco con objeto de comer un poco y matar mucho, poseen inteligencia suficiente para saber lo que hacían. No quiero pensar en accidente, o azar. Prefiero imaginarlo todo como venganza de un grupo salvaje, de una jauría asesina formada por los que en otro tiempo fueron tiernos cachorros, y ahora, maltratados, abandonados, proscritos por dueños que les dieron un cruel amago de felicidad antes de sumirlos en el estupor y la soledad, atacan y matan sin piedad, por ansia de revancha, por simple sed de sangre, aunque el precio sea acabar luego como los dos colegas del telediario, el mastín y el paticorto, en manos de la Guardia Civil. Que tampoco es mal final, por cierto, después de haber visto arder naves más allá de Orión y todo eso, corriendo libres por los campos, cazando, matando y lo que se tercie –supongo que también habrá perras guapas en esas jaurías–. Ajustando cuentas, en fin, como una partida de bandoleros sin ley ni amo, devueltos a la barbarie, echados al monte por la injusticia y la estúpida maldad de los hombres.
ARTURO PÉREZ-REVERTE | XLSemanal | 1 de abril de 2007
Todo el mérito es tuyo; tienes mi palabra de honor. Quizá el botín de tan larga campaña –y lo que te queda todavía– no sea lo dorado y brillante que uno espera cuando la inicia, a los doce o trece años, con los ojos fascinados de quien se dispone a la aventura. Pero es un botín, es tuyo, es lo que hay, y es, te lo aseguro, mucho más de lo que la mayor parte de quienes te rodean obtendrán en su miserable y satisfecha vida. Tú has abordado naves más allá de Orión, recuerda. Tienes la mirada de los cien metros, esa que siempre te hará diferente hasta el final. Fuiste, vas, irás, esos cien metros más lejos que los otros; y durante la carrera, hasta que suene el disparo que le ponga fin, habrás sido tú y habrás sido libre, en vez de quedarte de rodillas, cómoda y estúpida, aguardando.
Ahora sabes que todo merece la pena. La larga travesía por ese mundo de méritos numéricos y ausencia de reconocimiento, donde te viste obligada a arrastrar contigo al niño de papá, al tonto del haba, al inútil carne de matadero, con tal de llevar a buen término el trabajo para el que te bastabas en solitario. Has crecido y sabes que las oportunidades no estaban en los otros, sino en ti. Que no había nada malo en aquella chica tímida que se llevaba libros a las horas libres de tutoría; que buscaba la mirada de los profesores inteligentes, no para hacerles la pelota, sino por sentirse cómplice y no estar sola. La jovencita que sobrecargaba la mochila con El guardián entre el centeno o El señor de los anillos, que en la excursión del cole a Madrid prefería ver el Planetario, el Prado o el Reina Sofía a dejarse la garganta en el parque de atracciones. Que se enfrentaba a la hostilidad de compañeros cretinos porque era la única que había leído las Sonatas de Valle-Inclán o sabía quién era Wilkie Collins. Ahora que miras hacia atrás con madurez, comprendes que cada vez que alguien ninguneó tu forma de ser, te insultó, te miró por encima del hombro, no hizo sino precipitar tu aprendizaje y tu lucidez. Tu certeza de ser mejor, más despierta y diferente.
Mírate ahora. Qué lejos estás de tanto borrego y tanto buey. Entras en la edad adulta sin que nadie pueda imponerte una sonrisa falsa cuando el mundo y su estupidez, su envidia, su mezquindad, te hagan fruncir el ceño. Ahora tienes la certeza de que no te equivocaste, y de que la niña callada en el banco del fondo puede ser vengada por la mujer que hoy la recuerda. Sabes ya que puedes ser feliz a tu manera y no a la de otros, con tus libros, con tus películas, con tu familia, con esos amigos que no sabes cuánto tiempo van a durar y por eso aprecias tanto, con la mirada serena que ahora posas a tu alrededor, en la calle, en el trabajo, en la vida. En la muerte. Ahora sabes que la virtud, en el más hondo sentido de la palabra, está en ese aguante de tantos años, cuando cerca estuvieron de convertirte en otra. Comprendes al fin que los malos profesores son un accidente sin demasiada importancia, pues eres tú quien aprende; y la vida, incluso con sus insultos, con sus malvados, con sus tragedias, con sus reglas implacables, la que te enseña. Nadie dijo que fuera fácil.
El otro día fuiste a ver Salvador y saliste del cine asombrada, llorando. No por la película, ni por la suerte del protagonista, sino por la certeza de que los ideales de aquel muchacho ya no tienen sentido, porque ninguno los sustituye ahora, porque la gente de tu edad se divide en dos grandes grupos: una minoría de analfabetos desorientados, pasto de demagogia barata en manos de políticos sin escrúpulos, y una masa inerte cuya única aspiración es salir en Gran Hermano o ponerse hasta arriba el sábado por la noche; jóvenes con garganta y sin nada que gritar, que se irían por la pata abajo puestos en la piel de Salvador Puig Antich, o a los que, viendo El crimen de Cuenca, la sola visión del garrote vil haría cerrar los ojos con escalofríos en la nuca. Pero tus lágrimas, amiga, demuestran que tienes razón. Que no te equivocaste al amar al conde de Montecristo y al Gabriel Araceli de Galdós, al buscar el secreto genial de un soneto de Borges o Quevedo, al transitar, jugándotela, por los senderos sin carteles luminosos en los pasillos oscuros de la Historia. Al hacer de cada esfuerzo, de cada miedo, de cada desengaño, de cada ilusión y de cada libro, un martillo con el que picar los muros espesos que te rodean.
Y si algún día tienes hijos, intenta que sean como tú. Como esos tipos flacos de los que hablaba Julio César, a la manera de Casio: gente de dormir inquieto, peligrosa y viva. La que quita el sueño a los apoltronados y a los imbéciles.
ARTURO PÉREZ-REVERTE XLSemanal 21 de enero de 2007
Le Rois de Suède et de Norvège, après avoir vi- sité Saint-Jean-de-Luz s'est rendu à Hendaye et à Fonterrabie. En arrivant sur le sol espagnol, il a crié: «Vive l'Espagne!» Le Figaro, mars 1899.
Así, sire, en el aire de la Francia nos llega la paloma de plata de Suecia y de Noruega, que trae en vez de olivo una rosa de fuego.
Un búcaro latino, un noble vaso griego recibirá el regalo del país de la nieve. Que a los reinos boreales el patrio viento lleve otra rosa de sangre y de luz españolas; pues sobre la sublime hermandad de las olas, al brotar tu palabra, un saludo le envía al sol de media noche el sol de Mediodía.
Si Segismundo siente pesar, Hamlet se inquieta. El Norte ama las palmas; y se junta el poeta del fiord con el del carmen, porque el mismo oriflama es de azur. Su divina cornucopia derrama sobre el polo y el trópico la Paz; y el orbe gira en un ritmo uniforme por una propia lira: el Amor. Allá surge Sigurd que al Cid se aúna, cerca de Dulcinea brilla el rayo de luna, y la musa de Bécquer del ensueño es esclava bajo un celeste palio de luz escandinava.
Sire de ojos azules, gracias: por los laureles de cien bravos vestidos de honor; por los claveles de la tierra andaluza y la Alhambra del moro; por la sangre solar de una raza de oro; por la arrnadura antigua y el yelmo de la gesta; por las lanzas que fueron una vasta floresta de gloria y que pasaron Pirineos y Andes; por Lepanto y Otumba; por el Perú, por Flandes; por Isabel que cree, por Cristóbal que sueña y Velázquez que pinta y Cortés que domeña; por el país sagrado en que Herakles afianza sus macizas columnas de fuerza y esperanza, mientras Pan trae el ritmo con la egregia siringa que no hay trueno que apague ni tempestad que extinga; por el león simbólico y la Cruz, gracias, sire.
¡Mientras el mundo aliente, mientras la esfera gire, mientras la onda cordial aliente un ensueño, mientras haya una viva pasión, un noble empeño, un buscado imposible, una imposible hazaña, una América oculta que hallar, vivirá España!
¡Y pues tras la tormenta vienes de peregrino real, a la morada que entristeció el destino, la morada que viste luto su puerta abra al púrpureo y ardiente vibrar de tu palabra: y que sonría, oh rey Óscar, por un instante; y tiemble en la flor áurea el más puro brillante para quien sobre brillos de corona y de nombre, con labios de monarca lanza un grito de hombre!
En 1971, motivados por su visión de un mundo verde y pacífico, una docena de jóvenes alquiló un pequeño y frágil barco pesquero, el Phyllis Cormack. Zarparon de Vancouver, Canadá, rumbo a la isla de Amchitka, en Alaska, donde Estados Unidos planeaba realizar un ensayo nuclear. La idea era introducirse al área de la detonación, como "testigos", en protesta pacífica contra esta clase de pruebas. Ellos creían que como individuos podían hacer una diferencia...y la hicieron.
Ellos son los fundadores de Greenpeace.
Decidieron nombrar al barco "Rainbow Warrior" (Guerrero del Arcoiris), inspirados en una profecía de la tribu norteamericana Cree que dice:
Llegará un tiempo en el que la Tierra enferme y cuando así pase, los indígenas recobrarán su espíritu y reunirán a personas de todas las naciones, colores y creencias, ellos creerán en los actos y no en las palabras. Ellos trabajarán para sanar la Tierra... ellos serán conocidos como los "Guerreros del Arcoiris"
El cuento es muy sencillo usted nace contempla atribulado el rojo azul del cielo el pájaro que emigra el torpe escarabajo que su zapato aplastara valiente
usted sufre reclama por comida y por costumbre por obligación llora limpio de culpas extenuado hasta que el sueño lo descalifica
usted ama se transfigura y ama por una eternidad tan provisoria que hasta el orgullo se le vuelve tierno y el corazón profético se convierte en escombros
usted aprende y usa lo aprendido para volverse lentamente sabio para saber que al fin el mundo es ésto en su mejor momento una nostalgia en su peor momento un desamparo y siempre siempre un lío
—Oh, sí —dijo el doctor Phineas Welch—, puedo invocar los espíritus de los muertos ilustres.
Estaba un poco ebrio, de lo contrario no lo habría dicho. Pero no estaba mal embriagarse un poco en la fiesta anual de Navidad.
Scott Robertson, el joven profesor de literatura, se ajustó las gafas y miró a derecha e izquierda para cerciorarse de que nadie oyera.
—Vamos, doctor Welch.
—Hablo en serio. Y no sólo los espíritus. También invoco los cuerpos.
—No lo hubiera creído posible —dijo Robertson con tono ampuloso.
—¿Por qué no? Es una simple cuestión de transferencia personal.
—¿Se refiere al viaje por el tiempo? Pero eso es bastante..., esto..., insólito.
—No sé si sabe cómo.
—Bien, ¿y cómo, doctor Welch?
—¿Cree que voy a contárselo? —preguntó muy serio el físico. Buscó con la vista otra bebida y no vio ninguna— He invocado a varios. Arquímedes, Newton, Galileo. Pobres diablos.
—¿No les gustó nuestra época? Pensé que estarían fascinados por la ciencia moderna —comentó Robertson, que empezaba a disfrutar de la conversación.
—Oh, lo estaban. Claro que sí. Especialmente Arquímedes. Pensé que enloquecería de alegría cuando se lo explicara por encima en el escaso griego que sé, pero no..., no...
—¿Cuál fue el problema?
—Una cultura distinta. No se podían habituar a nuestro modo de vida. Sentían mucho miedo y soledad. Tuve que enviarlos de vuelta.
—Qué pena.
—Sí. Grandes mentes, pero no mentes flexibles. No eran universales. Así que probé con Shakespeare.
—¿Qué? —aulló Robertson, pues eso se aproximaba más a su especialidad.
—No grite, jovencito —le reconvino Welch—. Es de mala educación.
—¿Dice usted que invocó a Shakespeare?
—Así es. Necesitaba a alguien con una mente universal, alguien que conociera tanto a la gente como para convivir con ella siglos después de su propia época. Shakespeare era el hombre indicado. Tengo su autógrafo. Como recuerdo, ya me entiende.
—¿Aquí? —preguntó Robertson, con los ojos desorbitados.
—Aquí mismo —Welch hurgó en los bolsillos del chaleco—. Ah, aquí está.
Le dio un trozo de cartón al profesor. En un lado decía: "L. Klein e hijos, ferretería mayorista". En el otro estaba garrapateado: "William Shakespeare."
Robertson tuvo una sospecha.
—¿Qué aspecto tenía?
—No era como los retratos. Calvo y feo con bigote. Hablaba con acento tosco. Desde luego, hice lo posible para congraciarlo con nuestra época. Le dije que valorábamos mucho sus obras y que aún se representaban en los teatros. Mas aún, que las considerábamos las más importantes obras literarias en lengua inglesa, tal vez de cualquier idioma.
—Bien, bien —dijo Robertson, asombrado.
—Le conté que la gente había escrito volúmenes enteros sobre sus obras. Naturalmente, quiso ver uno y lo saqué de la biblioteca.
—¿Y?
—Oh, estaba fascinado. Claro que tenía inconvenientes con los giros actuales y las referencias históricas de 1600, pero yo le ayudé. Pobre diablo. Creo que no esperaba semejante tratamiento. No paraba de decir: "¡Pardiez! ¿Qué no se puede sonsacar a las palabras en cinco siglos? ¡Se podría lograr una inundación con aguas estancadas!".
—Él no diría eso.
—¿Por qué no? Escribía sus obras con la mayor celeridad posible. Me explicó que tenía que hacerlo para cumplir con los plazos. Escribió Hamlet en menos de seis meses. La trama era vieja. Él se limitó a pulirla un poco.
—Eso es lo que se hace con el espejo de un telescopio —replicó indignado el profesor de literatura—. Sólo lo pulen un poco.
El físico no le prestó atención. Divisó un cóctel intacto en la barra, a pocos metros, y furtivamente se dirigió hacia él.
—Le dije al Bardo Inmortal que incluso dictábamos cursos universitarios sobre Shakespeare.
—Yo dicto uno.
—Lo sé. Lo inscribí en ese curso nocturno precisamente. Nunca he visto a un hombre tan ávido de averiguar qué pensaba de él la posteridad como el pobre Will. Trabajó con empeño en ello.
—¿Ha inscrito a William Shakespeare en mi curso? —farfulló Robertson.
Aun como fantasía alcohólica la idea resultaba abrumadora. ¿Pero se trataba de una fantasía alcohólica? Recordaba vagamente a un hombre calvo y que hablaba de forma exótica...
—No con su verdadero nombre, por supuesto —le aclaró el doctor Welch—. No quiero ni pensar cómo lo pasó. Fue un error, eso es todo. Un gran error. Pobre diablo.
Se hizo con el cóctel y sacudió la cabeza ante la copa.
—¿Por qué fue un error? ¿Qué sucedió?
—Tuve que enviarlo de vuelta a 1600 —rugió el indignado Welch—. ¿Cuánta humillación cree usted que puede soportar un hombre?
—¿De qué humillación me habla?
El doctor Welch se liquidó el cóctel de un solo trago.