martes, agosto 30, 2005

· Ojalá (c)

Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan,
para que no las puedas convertir en cristal.
Ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo.

Ojalá que la luna pueda salir sin ti.
Ojalá que la tierra no te bese los pasos.
Ojalá se te acabe la mirada constante,
la palabra precisa, la sonrisa perfecta.

Ojalá pase algo que te borre de pronto,
una luz cegadora, un disparo de nieve.
Ojalá por lo menos que me lleve la muerte,
para no verte tanto, para no verte siempre.

En todos los segundos, en todas las visiones.
Ojalá que no pueda tocarte ni en canciones.
Ojalá que la aurora, no dé gritos que caigan en mi espalda.
Ojalá que tu nombre, se le olvide a esa voz.

Ojalá las paredes no retengan tu ruido de camino cansado.
Ojalá que el deseo se vaya tras de ti,
a tu viejo gobierno de difuntos y flores.

Ojalá se te acabe la mirada constante,
la palabra precisa, la sonrisa perfecta.
Ojalá pase algo que te borre de pronto,
una luz cegadora, un disparo de nieve.

Ojalá por lo menos que me lleve la muerte,
para no verte tanto, para no verte siempre
En todos los segundos, en todas las visiones.
Ojalá que no pueda tocarte ni en canciones.

SILVIO RODRÍGUEZ




miércoles, agosto 24, 2005

· No perdamos el tiempo (P)


Si el mar es infinito y tiene redes,
si su música sale de la ola,
si el alba es roja y el ocaso verde,
si la selva es lujuria y la luna caricia,
si la rosa se abre y perfuma la casa,
si la niña se ríe y perfuma la vida,
si el amor va y me besa y me deja temblando
¿Qué importancia tiene todo eso,
mientras haya en mi barrio una mesa sin patas,
un niño sin zapatos o un contable tosiendo,
un banquete de cáscaras,
un concierto de perros,
una ópera de sarna?
Debemos inquietarnos por curar las simientes,
por vendar corazones y escribir el poema
que a todos nos contagie.
Y crear esa frase que abrace todo el mundo;
los poetas debiéramos arrancar las espadas,
inventar más colores y escribir padrenuestros.
Ir dejando las risas en la boca del túnel
y no decir lo íntimo, sino cantar al corro;
no cantar a la luna, no cantar a la novia,
no escribir unas décimas, no fabricar sonetos.
Debemos, pues sabemos, gritar al poderoso,
gritar eso que digo, que hay bastantes viviendo
debajo de las latas con lo puesto y aullando
y madres que a sus hijos no peinan a diario,
y padres que madrugan y no van al teatro.
Adornar al humilde poniéndole en el hombro nuestro verso;
cantar al que no canta y ayudarle es lo sano.
Asediar usurcros y con rara paciencia convencerles sin asco.
Trillar en la labranza, bajar a alguna mina;
ser buzo una semana, visitar los asilos,
las cárceles, las ruinas; jugar con los párvulos,
danzar en las leproserías
Poetas, no perdamos el tiempo, trabajemos,
que al corazón le llega poca sangre.

GLORIA FUERTES

martes, agosto 23, 2005

· Los ojos verdes

Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir cualquier cosa con este
título.
Hoy, que se me ha presentado ocasión, lo he puesto con letras grandes
en la primera cuartilla de papel, y luego he dejado a capricho volar la pluma.
Yo creo que he visto unos ojos como los que he pintado en esta leyenda. No sé
si en sueños, pero yo los he visto. De seguro no los podré describir tales cuales
ellos eran: luminosos, transparentes como las gotas de la lluvia que se
resbalan sobre las hojas de los árboles después de una tempestad de verano.
De todos modos, cuento con la imaginación de mis lectores para
hacerme comprender en este que pudiéramos llamar boceto de un cuadro que
pintaré algún día.











I
-Herido va el ciervo... herido va; no hay duda. Se ve el rastro de la
sangre entre las zarzas del monte, y al saltar uno de esos lentiscos han
flaqueado sus piernas... Nuestro joven señor comienza por donde otros
acaban... en cuarenta años de montero no he visto mejor golpe... Pero. ¡por
San Saturio, patrón de Soria!, cortadle el paso por esas carrascas, azuzad los
perros, soplad en esas trompas hasta echar los hígados, y hundidle a los
corceles una cuarta de hierro en los ijares: ¿no veis que se dirige hacia la
fuente de los álamos; y si la salva antes de morir podemos darle por perdido?
Las cuencas del Moncayo repitieron de eco en eco el bramido de las trompas,
el latir de la jauría desencadenada, y las voces de los pajes resonaron con
nueva furia, y el confuso tropel de hombres, caballos y perros se dirigió al punto
que Íñigo, el montero mayor de los marqueses de Almenar, señalara como el
más a propósito para cortarle el paso a la res.
Pero todo fue inútil. Cuando el más ágil de los lebreles llegó a las
carrascas jadeante y cubiertas las fauces de espuma, ya el ciervo rápido como
una saeta, las había salvado de un solo brinco, perdiéndose entre los
matorrales de una trocha que conducía a la fuente.
-¡Alto!... ¡Alto todo el mundo! -gritó Íñígo entonces-; estaba de Dios que
había de marcharse.
Y la cabalgata se detuvo, y enmudecieron las trompas, y los lebreles
dejaron refunfuñando la pista a la voz de los cazadores.
En aquel momento se reunía a la comitiva el héroe de la fiesta,
Fernando de Argensola, el primogénito de Almenar.
-¿Qué haces? -exclamó dirigiéndose a su montero, y en tanto, ya se
pintaba el asombro en sus facciones, ya ardía la cólera en sus ojos-. ¿Qué
haces, imbécil? ¡Ves que la pieza está herida, que es la primera que cae por mi
mano, y abandonas el rastro y la dejas perder para que vaya a morir en el
fondo del bosque! ¿Crees acaso que he venido a matar ciervos para festines
de lobos?
-Señor -murmuró Íñigo entre dientes-, es imposible pasar de este punto.
-¡Imposible! ¿Y por qué?
-Porque esa trocha -prosiguió el montero- conduce a la fuente de los
Álamos; la fuente de los Álamos, en cuyas aguas habita un espíritu del mal. El
que osa enturbiar su corriente, paga caro su atrevimiento. Ya la res habrá
salvado sus márgenes; ¿cómo la salvaréis vos sin atraer sobre vuestra cabeza
alguna calamidad horrible? Los cazadores somos reyes del Moncayo, pero
reyes que pagan un tributo. Pieza que se refugia en esa fuente misteriosa,
pieza perdida.
-¡Pieza perdida! Primero perderé yo el señorío de mis padres, y primero
perderé el ánima en manos de Satanás, que permitir que se me escape ese
ciervo, el único que ha herido mi venablo, la primicia de mis excursiones de
cazador... ¿Lo ves?... ¿Lo ves?... Aún se distingue a intervalos desde aquí...
las piernas le faltan, su carrera se acorta; déjame... déjame... suelta esa brida o
te revuelco en el polvo... ¿Quién sabe si no le daré lugar para que llegue a la
fuente? Y si llegase, al diablo ella, su limpidez y sus habitadores. ¡Sus!,
¡Relámpago!, ¡sus, caballo mío!, si lo alcanzas, mando engarzar los diamantes
de mi joyel en tu serreta de oro.
Caballo y jinete partieron como un huracán.
Íñigo los siguió con la vista hasta que se perdieron en la maleza;
después volvió los ojos en derredor suyo; todos, como él, permanecían
inmóviles y consternados.
El montero exclamó al final:
-Señores, vosotros lo habéis visto; me he expuesto a morir entre los pies
de su caballo por detenerle. Yo he cumplido con mi deber. Con el diablo no
sirven valentías. Hasta aquí llega el montero con su ballesta; de aquí adelante,
que pruebe a pasar el capellán con su hisopo.

II
-Tenéis la color quebrada; andáis mustio y sombrío; ¿qué os sucede?
Desde el día, que yo siempre tendré por funesto, en que llegasteis a la fuente
de los Álamos en pos de la res herida, diríase que una mala bruja os ha
encanijado con sus hechizos.
Ya no vais a los montes precedido de la ruidosa jauría, ni el clamor de
vuestras trompas despierta sus ecos. Sólo con esas cavilaciones que os
persiguen, todas las mañanas tomáis la ballesta para enderezaros a la
espesura y permanecer en ella hasta que el sol se esconde. Y cuando la noche
oscurece y volvéis pálido y fatigado al castillo, en balde busco en la bandolera
los despojos de la caza. ¿Qué os ocupa tan largas horas lejos de los que más
os quieren?
Mientras Íñigo hablaba Fernando, absorto en sus ideas, sacaba
maquinalmente astillas de su escaño de ébano con el cuchillo de monte.
Después de un largo silencio, que sólo interrumpía el chirrido de la hoja al
resbalar sobre la pulimentada madera, el joven exclamó dirigiéndose a su
servidor, como si no hubiera escuchado una sola de sus palabras:
Íñigo, tú que eres viejo; tú que conoces todas las guaridas del Moncayo,
que has vivido en sus faldas persiguiendo a las fieras, y en tus errantes
excursiones de cazador subiste más de una vez a su cumbre, dime: ¿has
encontrado por acaso una mujer que vive entre sus rocas?
-¡Una mujer! -exclamó el montero con asombro y mirándole de hito en
hito.
-Sí -dijo el joven-; es una cosa extraña lo que me sucede, muy extraña...
Creí poder guardar ese secreto eternamente, pero no es ya posible; rebosa en
mi corazón y asoma a mi semblante. Voy, pues, a revelártelo... Tú me ayudarás
a desvanecer el misterio que envuelve a esa criatura, que al parecer sólo para
mí existe, pues nadie la conoce, ni la ha visto, ni puede darme razón de ella.
El montero, sin desplegar los labios, arrastró su banquillo hasta colocarle junto
al escaño de su señor, del que no apartaba un punto los espantados ojos. Éste,
después de coordinar sus ideas prosiguió así:
-Desde el día en que a pesar de tus funestas predicciones llegué a la
fuente de los Álamos, y atravesando sus aguas recobré el ciervo que vuestra
superstición hubiera dejado huir, se llenó mi alma del deseo de la soledad.
Tú no conoces aquel sitio. Mira, la fuente brota escondida en el seno de una
peña, y cae resbalándose gota a gota por entre las verdes y flotantes hojas de
las plantas que crecen al borde de su cuna. Aquellas gotas que al
desprenderse brillan como puntos de oro y suenan como las notas de un
instrumento, se reúnen entre los céspedes, y susurrando, con un ruido
semejante al de las abejas que zumban en torno de las flores, se alejan por
entre las arenas, y forman un cauce, y luchan con los obstáculos que se
oponen a su camino, y se repliegan sobre sí mismas, y saltan, y huyen, y
corren, unas veces con risa, otras con suspiros, hasta caer en un lago. En el
lago caen con un rumor indescriptible. Lamentos, palabras, nombres, cantares,
yo no sé lo que he oído en aquel rumor cuando me he sentado sólo y febril
sobre el peñasco, a cuyos pies saltan las aguas de la fuente misteriosa para
estancarse en una balsa profunda, cuya inmóvil superficie apenas riza el viento
de la tarde.
Todo es allí grande. La soledad, con sus mil rumores desconocidos, vive
en aquellos lugares y embriaga el espíritu en su inefable melancolía. En las
plateadas hojas de los álamos, en los huecos de las peñas, en las ondas del
agua, parecen que nos hablan los invisibles espíritus de la Naturaleza, que
reconocen un hermano en el inmortal espíritu del hombre.
Cuando al despuntar la mañana me veías tomar la ballesta y dirigirme al
monte, no fue nunca para perderme entre sus matorrales en pos de la caza, no;
iba a sentarme al borde de la fuente, a buscar en sus ondas... no sé qué, ¡una
locura! El día en que salté sobre ella con mi Relámpago, creí haber visto brillar
en su fondo una cosa extraña... muy extraña...; los ojos de una mujer.
Tal vez sería un rayo de sol que serpeó fugitivo entre su espuma; tal vez
una de esas flores que flotan entre las algas de su seno, y cuyos cálices
parecen esmeraldas... no sé: yo creí ver una mirada que se clavó en la mía;
una mirada que encendió en mi pecho un deseo absurdo, irrealizable: el de
encontrar una persona con unos ojos como aquellos.
En su busca fui un día y otro a aquel sitio.
Por último, una tarde... yo me creí juguete de un sueño...; pero no, es
verdad; la he hablado ya muchas veces, como te hablo a ti ahora...; una tarde
encontré sentada en mi puesto, y vestida con unas ropas que llegaban hasta
las aguas y flotaban sobre su haz, una mujer hermosa sobre toda ponderación.
Sus cabellos eran como el oro; sus pestañas brillaban como hilos de luz, y
entre las pestañas volteaban inquietas unas pupilas que yo había visto... sí;
porque los ojos de aquella mujer eran los que yo tenía clavados en la mente;
unos ojos de un color imposible; unos ojos...
-¡Verdes! -exclamó Íñigo con un acento de profundo terror e
incorporándose de un salto en su asiento.
Fernando le miró a su vez como asombrado de que concluyese lo que
iba a decir, y le preguntó con una mezcla de ansiedad y de alegría:
-¿La conoces?
-¡Oh no! -dijo el montero.- ¡Líbreme Dios de conocerla! Pero mis padres,
al prohibirme llegar hasta esos lugares, me dijeron mil veces que el espíritu,
trasgo, demonio o mujer que habita en sus aguas, tiene los ojos de ese color.
Yo os conjuro, por lo que más améis en la tierra, a no volver a la fuente de los
Álamos. Un día u otro os alcanzará su venganza, y expiaréis muriendo el delito
de haber encenagado sus ondas.
-¡Por lo que más amo!... -murmuró el joven con una triste sonrisa.
-Sí -prosiguió el anciano-; por vuestros padres, por vuestros deudos, por
las lágrimas de la que el cielo destina para vuestra esposa, por las de un
servidor que os ha visto nacer.
-¿Sabes tú lo que más amo en este mundo? ¿Sabes tú por qué daría yo
el amor de mi padre, los besos de la que me dio la vida, y todo el cariño que
puedan atesorar todas las mujeres de la tierra? Por una mirada, por una sola
mirada de esos ojos... ¡Cómo podré yo dejar de buscarlos!
Dijo Fernando estas palabras con tal acento, que la lágrima que
temblaba en los párpados de Íñigo se resbaló silenciosa por su mejilla,
mientras exclamó con acento sombrío:
-¡Cúmplase la voluntad del cielo!

III
-¿Quién eres tú? ¿Cuál es tu patria? ¿En dónde habitas? Yo vengo un
día y otro en tu busca, y ni veo el corcel que te trae a estos lugares, ni a los
servidores que conducen tu litera. Rompe una vez el misterioso velo en que te
envuelves como en una noche, profunda. Yo te amo, y, noble o villana, seré
tuyo, tuyo siempre.
El sol había traspuesto la cumbre del monte; las sombras bajaban a
grandes pasos por su falda; la brisa gemía entre los álamos de la fuente, y la
niebla, elevándose poco a poco de la superficie del lago, comenzaba a
envolver las rocas de su margen.
Sobre una de estas rocas, sobre una que parecía próxima a
desplomarse en el fondo de las aguas, en cuya superficie se retrataba
temblando, el primogénito de Almenar, de rodillas a los pies de su misteriosa
amante, procuraba en vano arrancarle el secreto de su existencia.
Ella era hermosa, hermosa y pálida, como una estatua de alabastro. Uno
de sus rizos caía sobre sus hombros, deslizándose entre los pliegues del velo,
como un rayo de sol que atraviesa las nubes, y en el cerco de sus pestañas
rubias brillaban sus pupilas, como dos esmeraldas sujetas en una joya de oro.
Cuando el joven acabó de hablarle, sus labios se removieron como para
pronunciar algunas palabras; pero sólo exhalaron un suspiro, un suspiro débil,
doliente, como el de la ligera onda que empuja una brisa al morir entre los
juncos.
-¡No me respondes! -exclamó Fernando, al ver burlada su esperanza-;
¿querrás que dé crédito a lo que de ti me han dicho? ¡Oh, no!... Háblame; yo
quiero saber si me amas; yo quiero saber si puedo amarte, si eres una mujer...
-O un demonio... ¿Y si lo fuese?
El joven vaciló un instante; un sudor frío corrió por sus miembros; sus
pupilas se dilataron al fijarse con más intensidad en las de aquella mujer, y
fascinado por su brillo fosfórico, demente casi, exclamó en un arrebató de
amor:
-Si lo fueses... te amaría... te amaría, como te amo ahora, como es mi
destino amarte, hasta más allá de esta vida, si hay algo más allá de ella.
-Fernando -dijo la hermosa entonces con una voz semejante a una
música-: yo te amo más aún que tú me amas; yo que desciendo hasta un
mortal, siendo un espíritu puro. No soy una mujer como las que existen en la
tierra; soy una mujer digna de ti, que eres superior a los demás hombres. Yo
vivo en el fondo de estas aguas; incorpórea como ellas, fugaz y transparente,
hablo con sus rumores y ondulo con sus pliegues. Yo no castigo al que osa
turbar la fuente donde moro; antes le premio con mi amor, como a un mortal
superior a las supersticiones del vulgo, como a un amante capaz de
comprender mi cariño extraño y misterioso.
Mientras ella hablaba así, el joven, absorto en la contemplación de su
fantástica hermosura, atraído como por una fuente desconocida, se
aproximaba más y más al borde de la roca. La mujer de los ojos verdes
prosiguió así:
-¿Ves, ves el límpido fondo de ese lago, ves esas plantas de largas y
verdes hojas que se agitan en su fondo?... Ellas nos darán un lecho de
esmeraldas y corales... y yo... yo te daré una felicidad sin nombre, esa felicidad
que has soñado en tus horas de delirio, y que no puede ofrecerte nadie... Ven,
la niebla del lago flota sobre nuestras frentes como un pabellón de lino... las
ondas nos llaman con sus voces incomprensibles, el viento empieza entre los
álamos sus himnos de amor; ven... ven...
La noche comenzaba a extender sus sombras, la luna rielaba en la
superficie del lago, la niebla se arremolinaba al soplo del aire, y los ojos verdes
brillaban en la oscuridad como los fuegos fatuos que corren sobre el haz de las
aguas infectas... Ven... ven... Estas palabras zumbaban en los oídos de
Fernando como un conjuro. Ven... y la mujer misteriosa le llamaba al borde del
abismo donde estaba suspendida, y parecía ofrecerle un beso... un beso...
Fernando dio un paso hacia ella... otro... y sintió unos brazos delgados y
flexibles que se liaban a su cuello, y una sensación fría en sus labios
ardorosos, un beso de nieve... y vaciló... y perdió pie, y calló al agua con un
rumor sordo y lúgubre.
Las aguas saltaron en chispas de luz, y se cerraron sobre su cuerpo, y
sus círculos de plata fueron ensanchándose, ensanchándose hasta expirar en
las orillas.


Leyendas - GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER

viernes, agosto 12, 2005

· El perro cojo

Con la pata coja colgando, despojo de una pedrada, pasó el perro por mi lado.

Un perro de pobre casta, uno de esos, callejero, pobre de sangre y de estampa, que nacen en los rincones de perras tristes y flacas, condenados a comer basura de plaza en plaza, que de pequeños, por lo fino y ágil de la infancia, baloncitos de peluche, tibios bolones de nácar los acurrucan, los miman, los sacan al sol, les cantan... de mayores, conque ya se les fue la gracia, los dejan a su ventura, mendigos de casa en casa sus hambres por los rincones y su sed sobre las charcas...

¡Y qué tristes ojos tienen! , ¡Qué recóndita mirada!, como si en ella pusieran su dolor a media asta... y se mueren, de tristeza, a la sombra de una tapia si es que un lazo no les da una muerte anticipada.

Yo lo llamo: - ven, no te hago nada- todo hociquito curioso, toda sed, hambre, nostalgia.

El perro escucha mi voz, olfatea mis palabras, como esperando o temiendo, pan, caricias o pedradas, no en vano lleva marcado un mal recuerdo en la pata.

Lo llamo otra vez: - ven aquí, no te hago nada -, dócil a medias, avanza, moviendo el rabo con miedo y las orejitas gachas... - ven aquí, no te hago nada- eso es... ¡adiós a la desconfianza!, que ya se tiende a mis pies, a tiernos aullidos habla,

Ladra, para hablar más fuerte, salta, gira, gira, salta, canta, ríen, ríen cantan, lengua, orejas, ojos, patas y el rabo es un incansable abanico de palabras... -¿ que piedra te dejó cojo?, ¡malhaya, malhaya!... el perro me entiende, sabe que maldigo la pedrada, esa pedrada dura que le destrozó la pata y con el rabo me está agradeciendo la lástima.

-No te preocupes, que no ha de faltarte nada, yo también soy callejero, diente de distintas plazas y a patita coja voy, de jornada en jornada, las piedras que me tiraron, me dejaron coja el alma... vamos pues perrito, ¡anda que te anda!, tú por tus calles oscuras, yo, por las mías calladas, tú la pedrada en el cuerpo, yo, en el alma... y si te mueres, yo te enterraré en mi casa, bajo un letrero que diga: - aquí yace, un amigo de mi infancia- y en el cielo de los perros, pan tierno y carne mechada, te regalará San Roque, una muleta de plata-... Compañero, si los hay, amigo, dónde los haya, mi perro y yo por el mundo, pan pobre, rica compañía.

Era joven y era viejo, por más que yo lo cuidaba, el tiempo malo pasado lo fue dejando sin alma, fueron muchas hambres juntas, mucho peso para sus tres patas.

Una mañana, en el huerto, debajo de mi ventana, lo encontré, tendido, frío, como una piedra mojada, como duro musgo el pelo con el rocío brillaba, ya estaba mi pobre perro muerto de las cuatro patas y hacia el cielo de los perros, se fue, anda que te anda, las orejas de relente y el hociquito de escarcha... Portero y dueño del cielo, San Roque en la puerta estaba, ortopédico de mimos, cirujano de palabras, bien surtido de recambios con que curar viejas taras: -para ti tu rabo de oro, a ti tu ojo de ámbar, a ti las orejitas de nieve, tú, tu colmillo de nácar, tú... y mi perro le reía, tú, tu muleta de plata... Ahora sé, por que está la noche agujereada, luceros, estrellas, no, no, es mi perro que cuando anda, con la muleta va haciendo, agujeritos de plata...


MANUEL BENÍTEZ CARRASCO (GRANADA)

miércoles, junio 15, 2005

· Prefacio

El artista es creador de belleza.

Revelar el arte y ocultar al artista es la meta del arte.

El crítico es quien puede traducir de manera distinta o con nuevos materiales su impresión de la belleza. La forma más elevada de la crítica, y también la más rastrera, es una modalidad de autobiografía.

Quienes descubren significados ruines en cosas hermosas están corrompidos sin ser elegantes, lo que es un defecto. Quienes encuentran significados bellos en cosas hermosas son espíritus cultivados. Para ellos hay esperanza.

Son los elegidos, y en su caso las cosas hermosas sólo significan belleza.

No existen libros morales o inmorales.

Los libros están bien o mal escritos. Eso es todo.

La aversión del siglo por el realismo es la rabia de Calibán al verse la cara en el espejo.

La aversión del siglo por el romanticismo es la rabia de Calibán al no verse la cara en un espejo.

La vida moral del hombre forma parte de los temas del artista, pero la moralidad del arte consiste en hacer un uso perfecto de un medio imperfecto. Ningún artista desea probar nada. Incluso las cosas que son verdad se pueden probar.

El artista no tiene preferencias morales. Una preferencia moral en un artista es un imperdonable amaneramiento de estilo.

Ningún artista es morboso. El artista está capacitado para expresarlo todo.

Pensamiento y lenguaje son, para el artista, los instrumentos de su arte.

El vicio y la virtud son los materiales del artista. Desde el punto de vista de la forma, el modelo de todas las artes es el arte del músico. Desde el punto de vista del sentimiento, el modelo es el talento del actor.

Todo arte es a la vez superficie y símbolo.

Quienes profundizan, sin contentarse con la superficie, se exponen a las consecuencias.

Quienes penetran en el símbolo se exponen a las consecuencias.

Lo que en realidad refleja el arte es al espectador y no la vida.

La diversidad de opiniones sobre una obra de arte muestra que esa obra es nueva, compleja y que está viva. Cuando los críticos disienten, el artista está de acuerdo consigo mismo.

A un hombre le podemos perdonar que haga algo útil siempre que no lo admire. La única excusa para hacer una cosa inútil es admirarla infinitamente.

Todo arte es completamente inútil.



El retrato de Dorian Gray - OSCAR WILDE


miércoles, mayo 11, 2005

· Ser lo peor...

EDGAR:

Ser lo peor, lo más bajo y humillado de la suerte,
es tener una esperanza, vivir sin miedo.
El cambio doloroso es la caída;
de lo peor se va al júbilo. Con que, bienvenido,
aire inmaterial que ahora abrazo.
El desdichado al que empujaste a lo peor
no debe nada a tus ráfagas.

El Rey Lear, SHAKESPEARE

viernes, mayo 06, 2005

· Robbie

‑‑Noventa y ocho... noventa y nueve... ¡cien! ‑Gloria retiró su mórbido antebrazo de delante de los ojos y permaneció un momento parpadeando al sol. Después, tratando de mirar en todas direcciones a la vez, avanzó cautelosamente algunos pasos, apartándose del árbol contra el que se apoyaba.
Estiró el cuello, estudiando las posibilidades de unos matorrales que había a la derecha y se alejó unos pasos para tener mejor punto de vista
La calma era absoluta, a excepción del zumbido de los insectos y el gorjear de algún pájaro que afrontaba el sol de mediodía.
‑‑Apostaría a que se ha metido en casa, y le he dicho mil veces que esto no es leal ‑se quejó.
Avanzando los labios con un mohín y arrugando el entrecejo, se dirigió decididamente hacia el edificio de dos pisos del otro lado del camino.
Demasiado tarde oyó un crujido detrás de ella, seguido del claro "clump‑clump" de los pies metálicos de Robbie. Se volvió rápidamente para ver a su triunfante compañero salir de su escondrijo y echó a correr hacia el árbol a toda velocidad. Gloria chilló, desalentada.
‑‑¡Espera, Robbie! ¡Esto no es leal, Robbie! ¡Prometiste no salir hasta que te hubiese encontrado! ‑Sus diminutos pies no podían seguir las gigantescas zancadas de Robbie. Entonces, a tres metros de la meta, el paso de Robbie se redujo a un mero arrastrarse y Gloria, haciendo un esfuerzo final por alcanzarlo, echó a correr jadeante y llegó a tocar la corteza del árbol la primera.
Orgullosa, se volvió hacia el leal Robbie y con la más baja ingratitud, le recompensó su sacrificio mofándose de su incapacidad para correr.
‑‑¡Robbie no puede correr! ‑gritaba con toda la fuerza de su voz de ocho años‑. ¡Lo gano cada día! ¡Lo gano cada día! ‑cantaban las palabras con un ritmo infantil.
Robbie no contestó, desde luego... con palabras. Echó a correr, esquivando a Gloria cuando la niña estaba a punto de alcanzarlo, obligándola a describir círculos que iban estrechándose, con los brazos extendidos azotando el aire.
‑‑¡Robbie... estáte quieto! ‑gritaba. Y su risa salía estridente, acompañando las palabras.
Hasta que Robbie se volvió súbitamente y la agarró, haciéndole dar vueltas en el aire, de manera que durante un momento para ella el universo fue un vacío azulado y los verdes árboles que se elevaban del suelo hacia la bóveda celeste. Y después se encontró de nuevo sobre la hierba, al lado de la pierna de Robbie y agarrada todavía a un duro dedo de metal.
Al poco rato recobró la respiración. Trató inútilmente de arreglar su alborotado cabello con un gesto de vaga imitación de su madre y miró si su vestido se había desgarrado.
Golpeó con la mano la espalda de Robbie.
‑‑¡Mal muchacho! ¡Malo, malo! ¡Te pegaré!
Y Robbie se inclinaba, cubriéndose el rostro con las manos, de manera que ella tuvo que añadir: ‑‑¡No, no, Robbie! ¡No te pegaré!
Pero ahora me toca a mí esconderme, porque tienes las piernas más largas y me prometiste no correr hasta que te encontrase.
Robbie asintió con la cabeza ‑pequeño paralelepípedo de bordes y ángulos redondeados, sujeto a otro paralelepípedo más grande, que servía de torso, por medio de un corto cuello flexible‑ y obedientemente se puso de cara al árbol. Una delgada película de metal bajó sobre sus ojos relucientes y del interior de su cuerpo salió un acompasado tic‑tac.
‑‑Y ahora no mires, ni te saltes ningún número ‑le advirtió Gloria, mientras corría a esconderse.
Con invariable regularidad fueron transcurriendo los segundos, y al llegar a cien se levantaron los párpados y los ojos colorados de Robbie inspeccionaron los alrededores. Al instante se fijaron en un trozo de tela de color que salía de detrás de una roca. Avanzó algunos pasos y se convenció de que era Gloria.
Lentamente, manteniéndose entre Gloria y el árbol‑meta, avanzó hacia el escondrijo, y, cuando Gloria estuvo plenamente a la vista y no pudo dudar de haber sido descubierta, tendió un brazo hacia ella, y se golpeó con el otro la pierna, produciendo un ruido metálico. Gloria salió, contrariada.
‑‑¡Has mirado! ‑exclamó con neta deslealtad‑. Además, estoy cansada de jugar al escondite. Quiero que me lleves a paseo.
Pero Robbie estaba ofendido de la injusta acusación, y, sentándose cautelosamente, movió la cabeza contrariado de un lado a otro.
Gloria cambió de tono, adoptando una gentil zalamería.
‑‑Vamos, Robbie, no lo he dicho en serio, que mirases. Llévame a paseo.
Pero Robbie no era tan fácil de conquistar. Miró fijamente al cielo y siguió moviendo negativamente la cabeza, obstinado.
‑‑¡Por favor, Robbie, llévame a paseo! ‑Rodeó su cuello con sus rosados brazos y estrechó su presa. Después cambiando repentinamente de humor, se apartó de él‑. Si no me das un paseo, voy a llorar. ‑Y su rostro hizo una mueca, dispuesta a cumplir su amenaza... (Seguir leyendo)

ISAAC ASIMOV (Yo, robot)

miércoles, mayo 04, 2005

· De sabio, poeta y loco (P)

Algo de sabio, de poeta, de loco
y de músico, de amigo, de idiota
de amante, de miedo, de compatriota,
de niño, tengo de todos un poco.

De loco, sobre todo de locura,
los corazones sanos se doctoran
porque sólo los locos se enamoran,
guarda luto apenado la cordura.

De sabio, sólo sé que no sé nada
callando la sabiduría elijo
solo los necios la creen encontrada.

De poeta, en su letra busco cobijo
que de poesía mi alma esta poblada
sueño el sueño que de ella soy hijo.

JAVIER LÓPEZ-AYALA HUERTAS



martes, abril 26, 2005

· Autobio

Nací a muy temprana edad.
Dejé de ser analfabeta a los tres años,
virgen, a los dieciocho,
mártir, a los cincuenta.

Aprendí a montar en bicicleta,
cuando no me llegaban
los pies a los pedales,
a besar, cuando no me llegaban
los pechos a la boca.
Muy pronto conseguí la madurez.

En el colegio,
la primera en Urbanidad,
Historia Sagrada y Declamación.]
Ni Álgebra ni la sor Maripili me iban.
Me echaron.
Nací sin una peseta. Ahora,
después de cincuenta años de trabajar,
tengo dos.

GLORIA FUERTES

· La resucitó

-No me gusta cuando callas, quizás, porque, razón no le falta al poeta, estás como ausente. A pesar de la cercanía ya veo el mundo que quieres que nos separe. Y no me importa. Te quiero e iré donde tu vayas. No soporto la idea de volver a una vida sin ti, sin tu sonrisa, sin tus besos. ¿Ves cómo no me gusta cuando callas?. Porque este silencio que ahora nos envuelve rompe todos los años vividos. Todo un pasado que queda hecho trizas delante de tus ojos y de mis lágrimas. Ya no te conozco, es cierto. Y sin embargo, yo sigo siendo el mismo. El de entonces, el chico tímido, que asustado, no paraba de hablar. Y se le enredaban las palabras porque su corazón iba más rápido. Y tú, aquella mujer segura, de larga cabellera negra, de gruesos labios. De mirada inquietante que disfrutaba viendo en apuros a este enamorado. Aquella que divertida, me dijo sí quiero tras preguntar en un café, una tarde de domingo. Aquella, que divertida, rió poco después, cuando del sobresalto, se me cayó la bebida encima. Siempre fui, por ti, bombeando al doscientos por cien y siempre pensé que iba despacio.

-Hoy, sin embargo, noto rápidos los latidos. Apenas treinta o cuarenta pulsaciones por minuto. Latir, lo que se dice latir, laten. Respirar, lo que se dice respirar, respiro. Vivir, lo que se dice vivir, vivo por compromiso.

-No quiero una rutina de prestado. Una cama grande y fría donde perderme. Porque no quiero perderme sino es sobre tu cuerpo desnudo. Porque no quiero oír, como ahora oigo, el eco sordo de mis pasos.

-Te quiero. Te lo repetiré cuantas veces hagan falta. E iré donde vayas y si es muerto, como quieres verme, muerto estaré en breve, porque la vida sin ti se me antoja eterna. Porque las losas que te cubren sean también mis losas. Porque en este cementerio pase una eternidad a tu lado.

Apenas quedaba luz así que no perdió más tiempo. Desenfundó con presteza el puñal. Antes se había asegurado de que el camposanto estaba vacío de vivos. Alzó el brazo hoja en mano. Apretó los dientes y dejó caer con decisión el puño. Pasaron infinidad de imágenes por su mente. Cerró los ojos. . Uno, dos… Segundos que se antojaban eternos. Tres, cuatro…

De repente, una mano le detuvo. Abrió los ojos.
-¡No!.... ¡No!.
Su corazón aceleró el ritmo cardíaco... 100, 115, ¡130 pulsaciones!.
Su cuerpo tembló. La mirada de aquel ser traspasó su alma. Su brazo, duro, gélido, inmovilizó el movimiento de la muñeca. No podía gritar. Su garganta había enmudecido de terror.
- ¿Crees acaso que tu muerte es la solución?, le preguntó aquella criatura. Cogió su puñal y cerrando sus manos lo redujo a cenizas.
Ante él, un ángel de piedra esperaba pacientemente su respuesta. Uno de aquellos ángeles que decoraban algunas de las tumbas que por allí se encontraban.
Edmundo tardó un par de minutos en contestar. El miedo bloqueaba su cerebro.
- Sin ella… no se vivir, respondió por fin
- Yo no quiero verte muerto, contestó una voz.
- ¡María!. ¡María!. ¿Dónde estás?.
- Estoy aquí, amor mío.
Una repentina brisa agitó las copas de los árboles de alrededor.
- ¡María!. Te escucho y sin embargo no puedo verte.
- Sí que puedes. No estoy muerta del todo.
- ¿Qué quieres decir?.
- Busca en tu interior, sabes que es verdad. Estoy a tu lado más que antes, amor mío. El oxígeno que consumes soy yo. El aire frío que sientes en las mañanas de invierno, soy yo. El agua que bebes, soy yo también. He vuelto a la tierra, cariño. Ésta es la verdadera resurrección.
- Pero…pero
- Cuando morís, continuó el ángel, os convertís en polvo, eso es cierto. Esas diminutas partículas se funden con la tierra y cobran mayor o menor fuerza dependiendo de cuanto hayáis amado.
- ¿Cómo?
- Por eso, la furia desatada de la naturaleza, no es ni más ni menos que el odio. El rencor y la soberbia de todos aquellos que no supieron o quisieron amar.
- La tierra es un planeta vivo, cariño.
- ¿Quieres decir, María, que cuando yo muera, dependiendo de lo que haya amado, puedo influir positiva o negativamente?
- Exacto Edmundo. Te pido, por favor, que sigas amando. Que no hagas lo que ibas a hacer. Porque yo sigo presente, bajo otra forma, pero presente, siempre a tu lado. Preserva y cuida, engrandece el amor que nos une. Cuando fallezcas, entonces, todo ese amor que has sentido, todo ese amor que has dado, se transformará en lluvia frente a la sequía, en oxígeno y luz para las plantas. En frutos que darán los campos.
- Compréndelo Edmundo, le dijo el ángel. Por cada persona que ame, la naturaleza seguirá su ciclo natural.
Pensativo. Meditabundo. Oyó cantar al ruiseñor fuera de los muros. Estaba escuchando la vida.
-¿Merece la pena?, preguntó a los árboles.
Al instante el cielo se ennegreció y despertó una formidable tormenta con brillantes relámpagos. Uno de ellos dio en una lápida contigua a donde ellos estaban. La partió en dos.
- Ahí tienes tu respuesta Edmundo. He aquí el lamento de aquellos que no lo hicieron. Ama, amigo mío. Ama y resucitarás de tu propio dolor. De tu propia muerte. Somos pura energía, acuérdate. Y esa energía no se destruye, sólo se transforma.
Edmundo miró hacia arriba por un momento. Cuando bajó la vista, el ángel había desaparecido. Miró alrededor. Nada. Fue corriendo hasta la tumba donde se encontraba su mujer. Se agachó. Tocó el nombre dorado escrito sobre el mármol y con las yemas de sus dedos trazó un Te amo. Cesaron los truenos. Seguiría viviendo, está bien. Porque ahora la sentiría a su lado, como siempre, tan cerca, como de costumbre.
Siguió sonriendo mientras un médico le inyectaba el tranquilizante. Ahora tenía una excusa para no volverse loco.

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Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo

KAMAWOOKIE

lunes, abril 25, 2005

· Rebuzna Roma (P)



Oooh La Canción del Burro Pandero
Rebuzna Roma
y las ilusiones perdidas son las ilusiones hozadas.
Los rebuznos de las campanas urbi et orbe
son la base de las virtudes.
El Gran Mono Contrahecho
rebuzna siempre
y beatifica sin ton ton ton
ni son son son
repicando las caireles:
mientras no se da todo
no se da nada.
El hombre es dichoso
porque sabe que es infeliz
está sodomizado por la g.de d.
y sabe que la felicidad como la fe
es mejor imaginarla.

(Un tal) ACULLÁ

domingo, abril 24, 2005

· Amor constante más allá de la muerte (P)

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevaré el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;

Mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido:

Su cuerpo dejará no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrán sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado

FRANCISCO DE QUEVEDO
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martes, abril 19, 2005

· El vampiro, Señor de la noche y de las sombras


Era un calabozo húmedo y frío, Lord Vinhelm sabía que en esa parte del castillo lo encontraría. Descendió uno a uno los peldaños de la derruida escalera de caracol que lo llevaría a la cripta secreta de la familia. Él era el único sobreviviente del grupo que atacó el castillo en la mañana. Sus compañeros habían muerto en la pelea con los guardias, los siervos de la bestia a la que venían a destruir.
Estaba solo.
El miedo recorrió todo su cuerpo. —¡Maldita sea!— exclamó. No había razón para temer, sabía dónde se ocultaba el monstruoso ser y lo destruiría, sólo era cuestión de llegar lo más rápido posible. Lord Vinhelm sacó el reloj de su bolsillo, lo consultó y suspiró; habían tardado mucho en la pelea y la bestia despertaría en poco tiempo.
Al bajar el último peldaño avanzó cautelosamente por el pasillo que lo llevaría a su presa. Abrió la bolsa que tenía a su costado y se colocó en el cuello una corona de ajos, tomó el martillo y la estaca preparándose para enfrentar a su destino, pero lo único que le daba seguridad era saber que el crucifijo de plata de su familia descansaba sobre su pecho.
La puerta de entrada a la cripta era vieja y tenía la cara de un dragón, el símbolo del amo. La empujó y entró.
Se extrañó de encontrar iluminada la estancia: una gran bóveda con candelabros colgando del techo, con cuadros que representaban a los antiguos nobles que habitaron el castillo, varias mesas llenas de pociones y libreros repletos de tomos antiguos de magia negra. Lord Vinhelm respiró con dificultad. En el otro extremo de la habitación vio una puerta, seguramente al otro lado dormía su enemigo.
El cuarto que estaba detrás de la puerta era húmedo y frío. Lord Vinhelm no veía nada, pero luego de un momento sus ojos se acostumbraron a la oscuridad y vio a la bestia. Estaba despierto, elegantemente vestido y con una sonrisa burlona lo miraba fijamente.
—Has llegado más lejos de lo que creí.
—¡Tus días han llegado a su fin!— gritó Lord Vinhelm.
—En realidad, no sé cómo vas a lograrlo.
—Hundiré la estaca en tu pecho, luego cortaré tu cabeza y sacaré tu corazón para quemarlo.
—Excelente idea..., si me hubieras encontrado dormido.
El repulsivo ser se acercaba mirándolo fijamente, Lord Vinhelm retrocedió horrorizado. Todavía no se ponía el sol, ¿por qué estaba despierto?
—¿Sorprendido? No todos los de mi especie somos de hábitos nocturnos.
—Pero, los libros...— tartamudeó Lord Vinhelm.
—Cuentos para asustar a los niños, Vinhelm.
El martillo y la estaca resbalaron de sus manos temblorosas. Tomó de su pecho el crucifijo de plata de sus antepasados, su única arma contra la bestia. Lo extendió con firmeza ante él.
Vinhelm —dijo el vampiro con calma—, realmente es una pena que hayas recorrido tanto camino para saber que a un budista no le interesa tu dios cristiano y que además... me gusta el ajo.
Lord Vinhelm, el gran cazador, descubrió, demasiado tarde, que no conocía nada de la naturaleza del vampiro y que ahora él se había convertido en su presa.


El vampiro..., la bestia..., el que no debe ser nombrado..., el cazador. Un personaje enigmático y agradable al que todos adoramos, tememos y, finalmente, queremos destruir, ¿con una estaca?, ¿una daga de plata?, ¿un símbolo religioso? Sería muy engreído de nuestra parte exigirle al vampiro que comulgue con nuestra fe para destruirlo con un crucifijo. Finalmente, él tiene todo el derecho de ser budista, sintoísta, judío, musulmán o, simplemente, ateo.

RAMÓN LÓPEZ VALDEÑA

· Me Caigo Y Me Levanto


Nadie puede dudar de que las cosas recaen. Un señor se enferma, y de golpe un miércoles recae. Un lápiz en la mesa recae seguido. Las mujeres, como recaen. Teóricamente a nada o a nadie se le ocurría recaer pero lo mismo está sujeto, sobre todo porque recae sin conciencia, recae como si nunca antes. Un jazmín, para dar un ejemplo perfumado. A esa blancura, ¿de dónde le viene su penosa amistad con el amarillo? El mero permanecer ya es recaída: el jazmín, entonces. Y no hablamos de las palabras, esas recayentes deplorables, ni de los buñuelos fríos, que son la recaída clavada.

Contra lo que pasa se impone pacientemente la rehabilitación. En lo mas recaído hay siempre algo que pugna por rehabilitarse, en el hongo pisoteado, en el reloj sin cuerda, en los poemas de Pérez, en Pérez. Todo recayente tiene ya en si a un rehabilitante pero el problema, para nosotros los que pensamos nuestra vida, es confuso y casi infinito. Un caracol segrega y una nube aspira; seguramente recaerán, pero una compensación ajena a ellos los rehabilita, los hace treparse poco a poco a lo mejor de sí mismos antes de la recaída inevitable. Pero nosotros, tía, ¿cómo haremos, cómo nos daremos cuenta de que hemos recaído
si por la mañana estamos tan bien, tan café con leche, y no podemos medir hasta dónde hemos recaído en el sueño o en la ducha? Y si sospechamos lo recayente de nuestro estado, ¿cómo nos rehabilitaremos? Hay quienes recaen al llegar a la cima de una montaña, al terminar su obra maestra, al afeitarse sin un solo tajito; no toda recaída va de arriba a abajo, porque arriba y abajo no quieren decir gran cosa cuando ya no se sabe dónde se está. Probablemente Ícaro creía tocar el cielo cuando se hundió en el mar epónico, y Dios te libre de una zambullida tan mal preparada. Tía, ¿como nos rehabilitaremos?

Hay quien ha sostenido que la rehabilitación sólo es posible alterándose, pero olvidó que toda recaída es una desalteración, una vuelta al barro de la culpa. En efecto, somos lo más que somos porque nos alteramos, salimos del barro en busca de la felicidad y la conciencia y los pies limpios. Un recayente es entonces un desalterante, de donde se sigue que nadie se rehabilita sin alterarse. Pretender la rehabilitación alterándose
es una triste redundancia: nuestra condición es la recaída y la desalteración, y a mi me parece que un recayente debería rehabilitarse de otra manera, que por lo demás ignoro. No solamente ignoro eso sino que jamás he sabido en qué momento mi tía o yo recaemos. ¿Cómo rehabilitarnos, entonces, si a lo mejor no hemos recaído todavía y la rehabilitación nos encuentra ya rehabilitados? Tía, ¿no será ésa la respuesta, ahora que lo pienso?

Hagamos una cosa: usted se rehabilita y yo la observo. Varios días seguidos, digamos una rehabilitación continua, usted está todo el tiempo rehabilitándose y yo la observo. O al revés, si prefiere, pero a mi me gustaría que empezara usted, porque soy modesto y buen observador. De esa manera, si yo recaigo en los intervalos de mi rehabilitación, mientras que usted no le da tiempo a la recaída y se rehabilita
como en un cine continuado, al cabo de poco nuestra diferencia será enorme, usted estará tan por encima que dará gusto. Entonces, yo sabré que el sistema ha funcionado y empezaré a rehabilitarme furiosamente, pondré el despertador a las tres de la mañana, suspenderé mi vida conyugal y las demás recaídas que conozco para que sólo queden las que no conozco, y a lo mejor poco a poco un día estaremos otra
vez juntos, tía, y será tan hermoso decir: "Ahora nos vamos al centro y nos compramos un helado, el mío todo de frutilla y el de usted con chocolate y un bizcochito”.

JULIO CORTÁZAR

domingo, abril 17, 2005

· Dejemos las cosas claras...

Dejemos las cosas claras. En este país ruin e insolidario, y en lo que a mí se refiere, las banderitas e himnos nacionales, regionales y locales, los villancicos navideños, las salves marineras y rocieras, las jotas a la Pilarica o a San Apapucio, los pasos de Semana Santa y la ola en los estadios cuando juega la selección tal o la cual, se los pueden guardar algunos donde les alivien. Cuando políticos, generales, obispos, financieros y presidentes futboleros, entre otros, agitan desaforadamente trapos, crucifijos, folklore, camisetas o lo que sea, en vez de heroísmo, patrias, dignidades, espiritualidades, tradiciones y cosas así, lo que yo veo es a millones de infelices manipulados desde hace siglos por aquellos que diseñan las banderas y los símbolos, utilizándolos para llevarse al personal a la cama. Lo que no es incompatible –acabo de escribir una novela sobre eso– con la ternura y respeto que siento por los desgraciados que lucharon, sufrieron y palmaron por una fe, por un deber o porque no tenían más remedio. Pero entre quienes se benefician de ello, no veo distinción entre derechas, izquierdas, nacionalistas o mediopensionistas. En sus manos pecadoras, tan sucia es la bandera que agitan como la ausencia de la que niegan. Bicolor, tricolor, multicolor, technicolor o cinemascope. Lo mismo si la izan que si la descuartizan.

Extraído de: "Aquí no sirve ni muere nadie" (Patente de corso)

ARTURO PÉREZ-REVERTE El Semanal 16 de enero de 2005