domingo, febrero 24, 2008

· El descanso del guerrero (p)


Los muertos están cada día más indóciles.
Antes era fácil con ellos:
les dábamos un cuello duro una flor
loábamos sus nombres en una larga lista:
que los recintos de la patria
que las sombras notables
que el mármol monstruoso.
El cadáver firmaba en pos de la memoria:
iba de nuevo a filas
y marchaba al compás de nuestra vieja música.
Pero qué va
los muertos
son otros desde entonces.
Hoy se ponen irónicos
preguntan.
¡Me parece que caen en la cuenta
de ser cada vez más mayoría!


ROQUE DALTON GARCÍA


Fotografía:
Joaquín Pla Janini

lunes, abril 16, 2007

· Bandoleros de cuatro patas

Salió el otro día en la tele: un aprisco de ovejas tras la incursión nocturna de una jauría de perros asilvestrados. Impresionaba el desconcierto desolado de los pastores junto a los pobres animales muertos o moribundos, acurrucados con el cuello deshecho, la carne viva y ensangrentada, aún palpitante, al descubierto. Como si en vez de perros se hubiera colado en el corral, por la noche, un grupo de carniceros serbios. Llegaron en la oscuridad, contaba uno de los pastores, excavando con astucia bajo la valla metálica, y se lanzaron a la matanza con evidentes ganas de hacer daño. Por las huellas eran siete u ocho, y dos de ellos fueron acorralados y capturados por la Guardia Civil en el monte cercano, todavía con sangre en el hocico. La cámara los mostraba atados y encerrados en un patio. Uno era grande, amastinado, de mandíbulas poderosas, y alzaba la cabeza con firmeza y desafío, como diciendo «lo haría otra vez en cuanto me soltarais». El otro era un tiñalpilla menudo, paticorto, de ojos grandes y oscuros, que miraba a la cámara con el aire arrepentido y lastimero de un Lute de cuatro patas; al estilo de esos delincuentes que, al pillarlos con las manos en la masa, dicen que roban o matan porque tienen hambre y la sociedad los hizo como son. El destino de ambos reclusos estaba claro: pruebas veterinarias y sacrificio. No pude evitar asociarlos con una pareja de presidiarios convictos en el corredor de la muerte, el duro que mantiene el tipo, y el tímido y asustado que, hasta el final, intenta convencernos de que es inocente. Supongo que a la hora de teclear estas líneas ya estarán muertos. Me quedó algo de esos perros, sin embargo. Una sensación extraña, incómoda, que me lleva a hablar hoy de ellos. En primer lugar, porque la muerte de ciertos seres humanos me tiene a veces sin cuidado; pero la de un perro no me deja nunca indiferente. Siempre sostuve que esos animales son mejores que las personas, y que cuando uno de nosotros desaparece del mapa, el mundo no pierde gran cosa; a veces, incluso, se libera de un verdugo o de un imbécil. Pero cada vez que muere un buen perro, todo se vuelve más desleal y sombrío. Lo de buenos o malos perros también es relativo. La mayor parte de las veces, lo que separa a uno heroico y bondadoso de otro majara, o asesino, no es más que la confusa y compleja línea que separa a un amo normal de un hijo de la gran puta. Porque los perros son, casi siempre, como los humanos los hacemos. En eso pienso ahora, con el mastín tipo duro y el chusquelillo de ojos melancólicos nítidos en el recuerdo. No es la primera vez que perros asilvestrados salen en los periódicos o en el telediario. Y siempre me quedo pensando mucho rato en esas jaurías espontáneas, formadas por chuchos supervivientes de las cunetas y las autopistas, que tras verse abandonados por sus amos sobreviven al calor, a la sed, al hambre, a la soledad; y lamiendo sus llagas terminan juntándose, para su fortuna, con otros hermanos de exilio, con otros proscritos que, igual que ellos, pasaron de ser cachorrillos mimados un día de Reyes a presencia molesta en casa de amos irresponsables, para terminar siendo abandonados a su suerte en un mundo difícil para el que nadie los había preparado. Un territorio hostil que ni conocían ni imaginaban. Por eso, para calmar la tristeza que me produce ese pensamiento y no conmoverme demasiado, prefiero creer que esos perros que, precisos y letales, atacaron el aprisco con objeto de comer un poco y matar mucho, poseen inteligencia suficiente para saber lo que hacían. No quiero pensar en accidente, o azar. Prefiero imaginarlo todo como venganza de un grupo salvaje, de una jauría asesina formada por los que en otro tiempo fueron tiernos cachorros, y ahora, maltratados, abandonados, proscritos por dueños que les dieron un cruel amago de felicidad antes de sumirlos en el estupor y la soledad, atacan y matan sin piedad, por ansia de revancha, por simple sed de sangre, aunque el precio sea acabar luego como los dos colegas del telediario, el mastín y el paticorto, en manos de la Guardia Civil. Que tampoco es mal final, por cierto, después de haber visto arder naves más allá de Orión y todo eso, corriendo libres por los campos, cazando, matando y lo que se tercie –supongo que también habrá perras guapas en esas jaurías–. Ajustando cuentas, en fin, como una partida de bandoleros sin ley ni amo, devueltos a la barbarie, echados al monte por la injusticia y la estúpida maldad de los hombres.

ARTURO PÉREZ-REVERTE | XLSemanal | 1 de abril de 2007

sábado, enero 27, 2007

· Nadie dijo que fuera fácil (a)

Todo el mérito es tuyo; tienes mi palabra de honor. Quizá el botín de tan larga campaña –y lo que te queda todavía– no sea lo dorado y brillante que uno espera cuando la inicia, a los doce o trece años, con los ojos fascinados de quien se dispone a la aventura. Pero es un botín, es tuyo, es lo que hay, y es, te lo aseguro, mucho más de lo que la mayor parte de quienes te rodean obtendrán en su miserable y satisfecha vida. Tú has abordado naves más allá de Orión, recuerda. Tienes la mirada de los cien metros, esa que siempre te hará diferente hasta el final. Fuiste, vas, irás, esos cien metros más lejos que los otros; y durante la carrera, hasta que suene el disparo que le ponga fin, habrás sido tú y habrás sido libre, en vez de quedarte de rodillas, cómoda y estúpida, aguardando.

Ahora sabes que todo merece la pena. La larga travesía por ese mundo de méritos numéricos y ausencia de reconocimiento, donde te viste obligada a arrastrar contigo al niño de papá, al tonto del haba, al inútil carne de matadero, con tal de llevar a buen término el trabajo para el que te bastabas en solitario. Has crecido y sabes que las oportunidades no estaban en los otros, sino en ti. Que no había nada malo en aquella chica tímida que se llevaba libros a las horas libres de tutoría; que buscaba la mirada de los profesores inteligentes, no para hacerles la pelota, sino por sentirse cómplice y no estar sola. La jovencita que sobrecargaba la mochila con El guardián entre el centeno o El señor de los anillos, que en la excursión del cole a Madrid prefería ver el Planetario, el Prado o el Reina Sofía a dejarse la garganta en el parque de atracciones. Que se enfrentaba a la hostilidad de compañeros cretinos porque era la única que había leído las Sonatas de Valle-Inclán o sabía quién era Wilkie Collins. Ahora que miras hacia atrás con madurez, comprendes que cada vez que alguien ninguneó tu forma de ser, te insultó, te miró por encima del hombro, no hizo sino precipitar tu aprendizaje y tu lucidez. Tu certeza de ser mejor, más despierta y diferente.

Mírate ahora. Qué lejos estás de tanto borrego y tanto buey. Entras en la edad adulta sin que nadie pueda imponerte una sonrisa falsa cuando el mundo y su estupidez, su envidia, su mezquindad, te hagan fruncir el ceño. Ahora tienes la certeza de que no te equivocaste, y de que la niña callada en el banco del fondo puede ser vengada por la mujer que hoy la recuerda. Sabes ya que puedes ser feliz a tu manera y no a la de otros, con tus libros, con tus películas, con tu familia, con esos amigos que no sabes cuánto tiempo van a durar y por eso aprecias tanto, con la mirada serena que ahora posas a tu alrededor, en la calle, en el trabajo, en la vida. En la muerte. Ahora sabes que la virtud, en el más hondo sentido de la palabra, está en ese aguante de tantos años, cuando cerca estuvieron de convertirte en otra. Comprendes al fin que los malos profesores son un accidente sin demasiada importancia, pues eres tú quien aprende; y la vida, incluso con sus insultos, con sus malvados, con sus tragedias, con sus reglas implacables, la que te enseña. Nadie dijo que fuera fácil.

El otro día fuiste a ver Salvador y saliste del cine asombrada, llorando. No por la película, ni por la suerte del protagonista, sino por la certeza de que los ideales de aquel muchacho ya no tienen sentido, porque ninguno los sustituye ahora, porque la gente de tu edad se divide en dos grandes grupos: una minoría de analfabetos desorientados, pasto de demagogia barata en manos de políticos sin escrúpulos, y una masa inerte cuya única aspiración es salir en Gran Hermano o ponerse hasta arriba el sábado por la noche; jóvenes con garganta y sin nada que gritar, que se irían por la pata abajo puestos en la piel de Salvador Puig Antich, o a los que, viendo El crimen de Cuenca, la sola visión del garrote vil haría cerrar los ojos con escalofríos en la nuca. Pero tus lágrimas, amiga, demuestran que tienes razón. Que no te equivocaste al amar al conde de Montecristo y al Gabriel Araceli de Galdós, al buscar el secreto genial de un soneto de Borges o Quevedo, al transitar, jugándotela, por los senderos sin carteles luminosos en los pasillos oscuros de la Historia. Al hacer de cada esfuerzo, de cada miedo, de cada desengaño, de cada ilusión y de cada libro, un martillo con el que picar los muros espesos que te rodean.

Y si algún día tienes hijos, intenta que sean como tú. Como esos tipos flacos de los que hablaba Julio César, a la manera de Casio: gente de dormir inquieto, peligrosa y viva. La que quita el sueño a los apoltronados y a los imbéciles.





ARTURO PÉREZ-REVERTE
XLSemanal
21 de enero de 2007

sábado, enero 13, 2007

· Al Rey Óscar (p)








Le Rois de Suède et de Norvège, après avoir vi- sité Saint-Jean-de-Luz s'est rendu à Hendaye et à Fonterrabie. En arrivant sur le sol espagnol, il a crié: «Vive l'Espagne!» Le Figaro, mars 1899.







Así, sire, en el aire de la Francia nos llega
la paloma de plata de Suecia y de Noruega,
que trae en vez de olivo una rosa de fuego.

Un búcaro latino, un noble vaso griego
recibirá el regalo del país de la nieve.
Que a los reinos boreales el patrio viento lleve
otra rosa de sangre y de luz españolas;
pues sobre la sublime hermandad de las olas,
al brotar tu palabra, un saludo le envía
al sol de media noche el sol de Mediodía.

Si Segismundo siente pesar, Hamlet se inquieta.
El Norte ama las palmas; y se junta el poeta
del fiord con el del carmen, porque el mismo oriflama
es de azur. Su divina cornucopia derrama
sobre el polo y el trópico la Paz; y el orbe gira
en un ritmo uniforme por una propia lira:
el Amor. Allá surge Sigurd que al Cid se aúna,
cerca de Dulcinea brilla el rayo de luna,
y la musa de Bécquer del ensueño es esclava
bajo un celeste palio de luz escandinava.

Sire de ojos azules, gracias: por los laureles
de cien bravos vestidos de honor; por los claveles
de la tierra andaluza y la Alhambra del moro;
por la sangre solar de una raza de oro;
por la arrnadura antigua y el yelmo de la gesta;
por las lanzas que fueron una vasta floresta
de gloria y que pasaron Pirineos y Andes;
por Lepanto y Otumba; por el Perú, por Flandes;
por Isabel que cree, por Cristóbal que sueña
y Velázquez que pinta y Cortés que domeña;
por el país sagrado en que Herakles afianza
sus macizas columnas de fuerza y esperanza,
mientras Pan trae el ritmo con la egregia siringa
que no hay trueno que apague ni tempestad que extinga;
por el león simbólico y la Cruz, gracias, sire.

¡Mientras el mundo aliente, mientras la esfera gire,
mientras la onda cordial aliente un ensueño,
mientras haya una viva pasión, un noble empeño,
un buscado imposible, una imposible hazaña,
una América oculta que hallar, vivirá España!

¡Y pues tras la tormenta vienes de peregrino
real, a la morada que entristeció el destino,
la morada que viste luto su puerta abra
al púrpureo y ardiente vibrar de tu palabra:
y que sonría, oh rey Óscar, por un instante;
y tiemble en la flor áurea el más puro brillante
para quien sobre brillos de corona y de nombre,
con labios de monarca lanza un grito de hombre!

RUBÉN DARÍO

viernes, octubre 13, 2006

· Rainbow Warrior (a)

 Greenpeace

En 1971, motivados por su visión de un mundo verde y pacífico,
una docena de jóvenes alquiló un pequeño y frágil barco pesquero,
el Phyllis Cormack. Zarparon de Vancouver, Canadá, rumbo a la isla
de Amchitka, en Alaska, donde Estados Unidos planeaba realizar un
ensayo nuclear. La idea era introducirse al área de la detonación,
como "testigos", en protesta pacífica contra esta clase de pruebas.
Ellos creían que como individuos podían hacer una diferencia...y la hicieron.

Ellos son los fundadores de Greenpeace.

Decidieron nombrar al barco "Rainbow Warrior" (Guerrero del Arcoiris), inspirados en una profecía de la tribu norteamericana Cree que dice:

Llegará un tiempo en el que la Tierra enferme y cuando así pase, los indígenas recobrarán su espíritu y reunirán a personas de todas las naciones, colores y creencias, ellos creerán en los actos y no en las palabras. Ellos trabajarán para sanar la Tierra... ellos serán conocidos como los "Guerreros del Arcoiris"

Artículo

domingo, septiembre 03, 2006

· Curriculum

El cuento es muy sencillo
usted nace
contempla atribulado
el rojo azul del cielo
el pájaro que emigra
el torpe escarabajo
que su zapato aplastara
valiente
usted sufre
reclama por comida
y por costumbre
por obligación
llora limpio de culpas
extenuado
hasta que el sueño lo descalifica
usted ama
se transfigura y ama
por una eternidad tan provisoria
que hasta el orgullo se le vuelve tierno
y el corazón profético
se convierte en escombros
usted aprende
y usa lo aprendido
para volverse lentamente sabio
para saber que al fin el mundo es ésto
en su mejor momento una nostalgia
en su peor momento un desamparo
y siempre siempre
un lío
entonces
usted muere
MARIO BENEDETTI

martes, junio 06, 2006

· El bardo inmortal

—Oh, sí —dijo el doctor Phineas Welch—, puedo invocar los espíritus de los muertos ilustres.

Estaba un poco ebrio, de lo contrario no lo habría dicho. Pero no estaba mal embriagarse un poco en la fiesta anual de Navidad.

Scott Robertson, el joven profesor de literatura, se ajustó las gafas y miró a derecha e izquierda para cerciorarse de que nadie oyera.

—Vamos, doctor Welch.

—Hablo en serio. Y no sólo los espíritus. También invoco los cuerpos.

—No lo hubiera creído posible —dijo Robertson con tono ampuloso.

—¿Por qué no? Es una simple cuestión de transferencia personal.

—¿Se refiere al viaje por el tiempo? Pero eso es bastante..., esto..., insólito.

—No sé si sabe cómo.

—Bien, ¿y cómo, doctor Welch?

—¿Cree que voy a contárselo? —preguntó muy serio el físico. Buscó con la vista otra bebida y no vio ninguna— He invocado a varios. Arquímedes, Newton, Galileo. Pobres diablos.

—¿No les gustó nuestra época? Pensé que estarían fascinados por la ciencia moderna —comentó Robertson, que empezaba a disfrutar de la conversación.

—Oh, lo estaban. Claro que sí. Especialmente Arquímedes. Pensé que enloquecería de alegría cuando se lo explicara por encima en el escaso griego que sé, pero no..., no...

—¿Cuál fue el problema?

—Una cultura distinta. No se podían habituar a nuestro modo de vida. Sentían mucho miedo y soledad. Tuve que enviarlos de vuelta.

—Qué pena.

—Sí. Grandes mentes, pero no mentes flexibles. No eran universales. Así que probé con Shakespeare.

—¿Qué? —aulló Robertson, pues eso se aproximaba más a su especialidad.

—No grite, jovencito —le reconvino Welch—. Es de mala educación.

—¿Dice usted que invocó a Shakespeare?

—Así es. Necesitaba a alguien con una mente universal, alguien que conociera tanto a la gente como para convivir con ella siglos después de su propia época. Shakespeare era el hombre indicado. Tengo su autógrafo. Como recuerdo, ya me entiende.

—¿Aquí? —preguntó Robertson, con los ojos desorbitados.

—Aquí mismo —Welch hurgó en los bolsillos del chaleco—. Ah, aquí está.

Le dio un trozo de cartón al profesor. En un lado decía: "L. Klein e hijos, ferretería mayorista". En el otro estaba garrapateado: "William Shakespeare."

Robertson tuvo una sospecha.

—¿Qué aspecto tenía?

—No era como los retratos. Calvo y feo con bigote. Hablaba con acento tosco. Desde luego, hice lo posible para congraciarlo con nuestra época. Le dije que valorábamos mucho sus obras y que aún se representaban en los teatros. Mas aún, que las considerábamos las más importantes obras literarias en lengua inglesa, tal vez de cualquier idioma.

—Bien, bien —dijo Robertson, asombrado.

—Le conté que la gente había escrito volúmenes enteros sobre sus obras. Naturalmente, quiso ver uno y lo saqué de la biblioteca.

—¿Y?

—Oh, estaba fascinado. Claro que tenía inconvenientes con los giros actuales y las referencias históricas de 1600, pero yo le ayudé. Pobre diablo. Creo que no esperaba semejante tratamiento. No paraba de decir: "¡Pardiez! ¿Qué no se puede sonsacar a las palabras en cinco siglos? ¡Se podría lograr una inundación con aguas estancadas!".

—Él no diría eso.

—¿Por qué no? Escribía sus obras con la mayor celeridad posible. Me explicó que tenía que hacerlo para cumplir con los plazos. Escribió Hamlet en menos de seis meses. La trama era vieja. Él se limitó a pulirla un poco.

—Eso es lo que se hace con el espejo de un telescopio —replicó indignado el profesor de literatura—. Sólo lo pulen un poco.

El físico no le prestó atención. Divisó un cóctel intacto en la barra, a pocos metros, y furtivamente se dirigió hacia él.

—Le dije al Bardo Inmortal que incluso dictábamos cursos universitarios sobre Shakespeare.

—Yo dicto uno.

—Lo sé. Lo inscribí en ese curso nocturno precisamente. Nunca he visto a un hombre tan ávido de averiguar qué pensaba de él la posteridad como el pobre Will. Trabajó con empeño en ello.

—¿Ha inscrito a William Shakespeare en mi curso? —farfulló Robertson.

Aun como fantasía alcohólica la idea resultaba abrumadora. ¿Pero se trataba de una fantasía alcohólica? Recordaba vagamente a un hombre calvo y que hablaba de forma exótica...

—No con su verdadero nombre, por supuesto —le aclaró el doctor Welch—. No quiero ni pensar cómo lo pasó. Fue un error, eso es todo. Un gran error. Pobre diablo.

Se hizo con el cóctel y sacudió la cabeza ante la copa.

—¿Por qué fue un error? ¿Qué sucedió?

—Tuve que enviarlo de vuelta a 1600 —rugió el indignado Welch—. ¿Cuánta humillación cree usted que puede soportar un hombre?

—¿De qué humillación me habla?

El doctor Welch se liquidó el cóctel de un solo trago.

—Vaya, maldito patán. Usted lo suspendió.



ISAAC ASIMOV (1954)

El relato original (inglés)

domingo, mayo 07, 2006

· Tus palabras (p)


Apoyada en mi hombro
eres mi ala derecha.
Como si desplegaras
tus suaves plumas negras,
tus palabras a un cielo
blanquísimo me elevan.

Exaltación. Silencio.
Sentado estoy a mi mesa,
sangrándome la espalda,
doliéndome tu ausencia.


MANUEL ALTOLAGUIRRE

domingo, abril 09, 2006

· Los nadies (p)

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de nadie, lo dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

EDUARDO GALEANO

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jueves, febrero 09, 2006

· Una modesta proposición (e)

Título completo: “Una modesta proposición para prevenir que los niños de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o el país, y para hacerlos útiles al público”

Es un asunto melancólico para quienes pasean por esta gran ciudad o viajan por el campo, ver las calles, los caminos y las puertas de las cabañas atestados de mendigos del sexo femenino, seguidos de tres, cuatro o seis niños, todos en harapos e importunando a cada viajero por una limosna. Esas madres, en vez de hallarse en condiciones de trabajar para ganarse la vida honestamente, se ven obligadas a perder su tiempo en la vagancia, mendigando el sustento de sus desvalidos infantes: quienes, apenas crecen, se hacen ladrones por falta de trabajo, o abandonan su querido país natal para luchar por el Pretendiente en España, o se venden a sí mismos en las Barbados.

Creo que todos los partidos están de acuerdo en que este número prodigioso de niños en los brazos, sobre las espaldas o a los talones de sus madres, y frecuentemente de sus padres, resulta en el deplorable estado actual del Reino un perjuicio adicional muy grande; y por lo tanto, quienquiera que encontrase un método razonable, económico y fácil para hacer de ellos miembros cabales y útiles del estado, merecería tanto agradecimiento del público como para tener instalada su estatua como protector de la Nación.

Pero mi intención está muy lejos de limitarse a proveer solamente por los niños de los mendigos declarados: es de alcance mucho mayor y tendrá en cuenta el número total de infantes de cierta edad nacidos de padres que de hecho son tan poco capaces de mantenerlos como los que solicitan nuestra caridad en las calles.

Por mi parte, habiendo volcado mis pensamientos durante muchos años sobre este importante asunto, y sopesado maduradamente los diversos planes de otros proyectistas, siempre los he encontrado groseramente equivocados en su cálculo. Es cierto que un niño recién nacido puede ser mantenido durante un año solar por la leche materna y poco alimento más; a lo sumo por un valor no mayor de dos chelines o su equivalente en mendrugos, que la madre puede conseguir ciertamente mediante su legítima ocupación de mendigar. Y es exactamente al año de edad que yo propongo que nos ocupemos de ellos de manera tal que en lugar de constituir una carga para sus padres o la parroquia, o de carecer de comida y vestido por el resto de sus vidas, contribuirán por el contrario a la alimentación, y en parte a la vestimenta, de muchos miles.

Hay además otra gran ventaja en mi plan, que evitará esos abortos voluntarios y esa práctica horrenda, ¡cielos!, ¡demasiado frecuente entre nosotros!, de mujeres que asesinan a sus hijos bastardos, sacrificando a los pobres bebés inocentes, no sé si más por evitar los gastos que la vergüenza, lo cual arrancaría las lágrimas y la piedad del pecho más salvaje e inhumano.

El número de almas en este reino se estima usualmente en un millón y medio, de éstas calculo que puede haber aproximadamente doscientas mil parejas cuyas mujeres son fecundas; de ese número resto treinta mil parejas capaces de mantener a sus hijos, aunque entiendo que puede no haber tantas bajo las actuales angustias del reino; pero suponiéndolo así, quedarán ciento setenta mil parideras. Resto nuevamente cincuenta mil por las mujeres que abortan, o cuyos hijos mueren por accidente o enfermedad antes de cumplir el año. Quedan sólo ciento veinte mil hijos de padres pobres nacidos anualmente: la cuestión es entonces, cómo se educará y sostendrá a esta cantidad, lo cual, como ya he dicho, es completamente imposible, en el actual estado de cosas, mediante los métodos hasta ahora propuestos. Porque no podemos emplearlos ni en la artesanía ni en la agricultura; ni construimos casas (quiero decir en el campo) ni cultivamos la tierra: raramente pueden ganarse la vida mediante el robo antes de los seis años, excepto cuando están precozmente dotados, aunque confieso que aprenden los rudimentos mucho antes, época durante la cual sólo pueden considerarse aficionados, según me ha informado un caballero del condado de Cavan, quien me aseguró que nunca supo de más de uno o dos casos bajo la edad de seis, ni siquiera en una parte del reino tan renombrada por la más pronta competencia en ese arte.

Me aseguran nuestros comerciantes que un muchacho o muchacha no es mercancía vendible antes de los doce años; e incluso cuando llegan a esta edad no producirán más de tres libras o tres libras y media corona como máximo en la transacción; lo que ni siquiera puede compensar a los padres o al reino el gasto en nutrición y harapos, que habrá sido al menos de cuatro veces ese valor.

Propondré ahora por lo tanto humildemente mis propias reflexiones, que espero no se prestarán a la menor objeción.

(continuar leyendo)

Dublín, 1729

JONATHAN SWIFT

Ensayo original (inglés)

martes, enero 31, 2006

· El porqué de la cosa (p)


Miá, Celipe, ¡que gusto!, tres manojos
déspigas repañás en un instante;
dende misa mayor al meyodía,
tres manojos lo mesmo que tres jaces.

Y ná más. Tú trebaja,
que yo barro p´alantre
y presto jorraremos pa la suerte
los cuatro mil riales.

Y ná más. Que rechiflen y reguñan,
cavilando burrás los jolgazanes,
iciendo que los probes mueren jartos
de trebajo y de jambre;
¡ellos si que revientan de su rabia
lo mesmito qu´estrumpe un triquitraque!

¿Pero qué refunfuñas entre dientes?
¿Qué concojas te anúan el gaznate
que ni me palras, ni siquiá, Celipe,
te güerves pa mirame?

D´un periquete voy a ve´l puchero
y atrancar el postigo de la calle,
pa dispués que me siente en tus roillas
que no mus cija naide,
iciirte yo las cortas ocurrencias
de mis cortos arcances.

¡Ajajá! Celipillo, tú tiés argo,
tú no pués engañarme,
o el amo te miró con mala cara,
o bajó el manijero los jornales;
pero tú tienes argo, Celipillo,
argo que yo no pueo devinate
por más que me caliento la mollera
rebuscando el porqué de tus pesares.

Pero dame la cara, ¡por Dios hombre!;
dam´un beso y abrázame,
y dame un estrujon juerte, mu juerte,
pa ve si al estrujame
quié reventá de gorpe la vejiga
de jieles qu´avinagra tu caraite.

¿Es que gorvemos otra ves, Celipe,
a las mesmas junciones d´andenantes,
por qu´eres orgulloso y no te gusta
que tu mujé trebaje?

Es qu´aún no juyó de tu caletre
el resquemor que tiés que m´asolane
por dir a rebuscar a los rastrojos
las espigas de trigo? ¡Qué diantre!
Pos si es asín, t´amuelas, Celipillo,
que n´hay más qu´aguantase.

Descurre una mijina tan siquiera
pensando en esa cosa que tú sabes.
¡Ay, Celipillo, Celipillo tonto,
que p´al mes de Los Santos semos padres,
qu´hay que jorrar, ¡recontra!, pa la suerte
los cuatro mil riales,
qu´el corazón me ice qu´es un macho
lo que yo voy a dalte.

Un macho mu jorzúo, con agallas,
con genio, con reaños, con coraje;
más vivo que los vientos,
más listo que los frailes,
más duro que las piedras,
más güeno que los ángeles,
qu´ha de saber podar como su agüelo
y ha de saber segar como su padre.
Y será campusino mu castüo,
y será labraor, ¡que duda cabe!
pa labrar esa suerte que mercamos
con la yunta qu´habemus de mercale.

Päece que ya no gruñes, Celipillo,
páece que ya t´atreves a mirame,
y me jaces cosquillas con las barbas
de tanto como quieres arrimate...

¡Mi feuchillo! Si tú eres mu candongo,
dame un beso y abrázame,
pero a vel, cuidaito y no m´estrujes
que ya me tiés breá de cardenales,
y de fijo que via las estrellas
si mu juerte llegaras a estrujame.

Amos a ver, prencipia... ¡No seas burro!
¡Mia que chillo!... Prencipia cuanto antes.

- Yo te voy a jundir en una urnia,
cacho e cielo dorao de la tarde;
yo te voy a jundir en una urnia
pa que no te de´l aire.

- Güeno, las manos quietas, Celipillo;
amos a ser jormales.

- Yo te voy a comer esa boquina
una ves que t´arrimes pa besame,
y endispués de comía m´entapono
pa que no me s´escape.

- Mia, Celipe, si sigues burreando,
esta noche m´acuesto con mi madre.

- Porqu´eres tú lo mesmo de preciosa
que la Virgen del Carmen.

- Pos si tanto te gusto, venga, dime,
¿por qué refunfuñabas andenantes?
¿Por qué no me mirabas?
¿Qué ajogos agriaban tu caraite?

- Mis ajogos, mujé, no son pa dichos,
que no puén esplicase
manque yo m´embuchara más palraos
que tos los sacamuelas chalratanes.
Mis ajogos se cuajan aquí dentro
con negros cuajarones de mi sangre
que me´enturbian los ojos y me jieren
lo mesmo que si jueran dos puñales.
Y tú te tiés la curpa, ya lo ije.
Y tú por nuestro mozo, ya lo sabes.

Tú vas a espurgá las rastrojeras,
y entres días ajuntas cuatro jaces,
y contenta me vienes y me ices
que tú barres p´alantre.

Yo, que soy segaor, sé bien de cierto
que mu pocas espigas se me caen,
y yo duo si espurgas los rastrojos
o las cargas que pillas por delante.

Y eso ya no pué ser, esta es la jonra
que al muchacho tenemos que dejagle
más limpia que la cara de la Virgen,
más branca que la flo de los jarales,
y al que quiera manchala me lo jundo
manque sea su madre.

Y no jimples, que son feguraciones
y no jué mi decir pa molestase,
que bien pudo segar en esa suerte
por argún casual un prencipiante.

Y asín y tó no quiero qu´arrebusques
las migajas qu´algunos se le caen,
siquiera mientras lleves ahí metio
nuestro mozo, porqu´eso es enseñale
desde chico a doblar el espinazo
y a viví de las sobras de los grandes;
y asín saldrá sin juerzas, sin agallas,
sin brios, sin coraje
pa pescar el jocino y dir al corte
pa llevase a los hombres por delante.

Ya no güerves a di pa los rastrojos.
Ya no juntas más jaces,
qu´el muchacho no viene pa escurrajas
y me lo pués torcer con agachate.

Porque, mira, mujé, con esas cosas,
¿sabes tú lo que jaces?
Pos le plantas el jierro de los probes
que no lo borra naide.

LUIS CHAMIZO

jueves, enero 05, 2006

· Sueños (p)

Un ejército de sueños blancos y rojos galopa por el cielo, invisible y misterioso.
Las nubes y el viento van pasando y ordeno en ellos mis susurros y lamentos.
Son susurros de amor puro y lamentos de frío y soledad.

Y yo me quedo estacionado con mi cuerpo en estas sierras de nieves y de lumbres.
Mas mis sueños van contigo, viento fresco y nube algodonada.
Llevadme con vosotros a tierras agrietadas y a corazones de amor desatendidos.

Llevadme con vosotros a corazones de amor desatendidos
que quiero repartir en esos corazones este amor de invierno que me abrasa.
Y quiero dar mi luz a esos ojos cegados por la escarcha y el olvido.

Para la vuelta no os preocupéis amigo viento y nube blanca;
andaré solitario por veredas en la noche solitaria.
Comeré en cualquier camino frutos de sueños y hojas invisibles
y cualquier día volveré a ver pasar por mis sierras
con la lluvia, con la nube y con el viento
a mi ejército de sueños, aún errantes.












MANOLO CHINATO (Poesía Básica, Extrechinato y Tú)

lunes, diciembre 26, 2005

· Musa traviesa (p)


¿Mi musa? Es un diablillo
con alas de ángel.
¡Ah, musilla traviesa,
qué vuelo trae!

Yo suelo, caballero
en sueños graves,
cabalgar horas luengas
sobre los aires.
Me entro en nubes rosadas
bajo a hondos mares,
y en los senos eternos
hago viajes.
Allí asisto a la inmensa
boda inefable,
y en los talleres huelgo
de la luz madre;
¡Y con ella es la oscura
vida, radiante,
y a mis ojos los antros
¡son, nidos de ángeles!
Al viajero del cielo,
¿Qué el mundo frágil?
Pues ¿no saben los hombres
qué encargo traen?
¡Rasgarse el bravo pecho,
vaciar su sangre,
y andar, andar heridos,
muy largo el valle,
roto el cuerpo en harapos,
los pies en carne,
hasta dar sonriendo
—¡No en tierra!— exánimes!
Y entonces sus talleres
la luz les abre,
y ven lo que yo veo:
¿Qué el mundo frágil?
Seres hay de montaña,
seres de valle,
y seres de pantanos
y lodazales.

De mis sueños desciendo,
volando vanse,
y en papel amarillo
cuento el viaje.
Contándolo me inunda
un gozo grave;
y cual si el monte alegre,
queriendo holgarse,
al alba enamorando
con voces ágiles,
sus hilillos sonoros
desanudarse,
y salpicando riscos,
labrando esmaltes,
refrescando sedientas
cálidas cauces,
echáralos risueños
por falda y valle;
así al alba del alma
regocijándose,
mi espíritu encendido
me echa a raudales
por las mejillas secas
lágrimas suaves.
Me siento cual si en magno
templo oficiase;
cual si mi alma por mirra
vertiese al aire;
cual si en mi hombro surgieran
fuerzas de Atlante,
cual si el sol en mi seno
la luz fraguase;
y estallo, hiervo, vibro;
¡alas me nacen!

Suavemente la puerta
del cuarto se abre,
y éntranse a él gozosos
luz, risas, aire.
Al par da el sol en mi alma
¡por la puerta se ha entrado
y en los cristales:
mi diablo ángel!
¿Qué fue de aquellos sueños,
de mi viaje,
del papel amarillo,
de llanto suave?
Cual si de mariposas,
tras gran combate,
volaran alas de oro
por tierra y aire,
así vuelan las hojas
do cuento el trance.
Hala acá el travesuelo
mi paño árabe;
allá monta en el lomo
de su incunable;
un carcax con mis plumas
fabrica y átase;
un sílex persiguiendo
vuelca un estante,
y ¡allá ruedan por tierra
versillos frágiles,
brumosos pensadores,
lópeos galanes!
de águilas diminutas
puéblase el aire:
¡Son las ideas, que ascienden,
rotas sus cárceles!

Del muro arranca, y cíñese,
indio plumaje:
aquella que me dieron
de oro brillante,
pluma, a marcar nacida
frentes infames,
de su caja de seda
saca, y la blande;
del sol a los requiebros
brilla el plumaje,
que baña en áureas tintas
su audaz semblante.
De ambos lados el rubio
cabello al aire,
a mi súbito viénese
a que lo abrace.
De beso en beso escala
mi mesa frágil;
¡Oh, Jacob, mariposa,
Ismaelillo, ¡árabe!
¿Qué ha de haber que me guste
como mirarle
de entre polvo de libros
surgir radiante,
y, en vez de acero, verle
de pluma armarse,
y buscar en mis brazos
tregua al combate?
Venga, venga. Ismaelillo:
¡La mesa asalte,
y por los anchos pliegues
del paño árabe
en rota vergonzosa
mis libros lance,
y siéntese magnífico
sobre el desastre,
y muéstrese sonriendo,
roto el encaje,
—¡Qué encaje no se rompe
en el combate!—
Su cuello, en que la risa
gruesa onda hace!
¡Venga, y por cauce nuevo
mi vida lance,
y a mis manos la vieja
péñola arranque,
y del vaso manchado
la tinta vacié!
¡Vaso puro de nácar:
dame a que harte
esta sed de pureza
los labios cánsame!
¿Son éstas que lo envuelven
carnes, o nácares?
La risa, como en taza
de ónice árabe,
en su incólume seno
bulle triunfante:
¡Hete aquí, hueso pálido,
vivo y durable!
¡Hijo soy de mi hijo!
¡Él me rehace!

¡Pudiera yo, hijo mío,
quebrando el Arte
Universal, muriendo,
mis años dándote,
envejecerte súbito,
la vida ahorrarte!
Mas no ¡que no verías
en horas graves
entrar el sol al alma
y a los cristales!
Hierva en tu seno puro
risa sonante;
rueden pliegues abajo
libros exangües;
sube, Jacob alegre,
la escala suave;
ven, y de beso en beso
mi mesa asaltes:
¡Pues ésa es mi musilla,
mi diablo ángel!
¡Ah, musilla traviesa,
qué vuelo trae!


JOSÉ MARTÍ

viernes, diciembre 16, 2005

· Apurrúñame (c)

Pa `yez kuit pell arc`han
Poan braz `meus em c`halon
Pa `nout ket amañ
Nellan `mui tennañ va alan
Re vraz eo ar vank
Pa `yez kuit pell arc`han

LA FAMILIA ISKARIOTE

Diccionario Bretón-Francés


viernes, diciembre 09, 2005

· La isla desconocida


Un hombre llamó a la puerta del rey y le dijo, Dame un barco. La casa del rey tenía muchas más puertas, pero aquélla era la de las peticiones. Como el rey se pasaba todo el tiempo sentado ante la puerta de los obsequios (entiéndase, los obsequios que le entregaban a él), cada vez que oía que alguien llamaba a la puerta de las peticiones se hacía el desentendido, y sólo cuando el continuo repiquetear de la aldaba de bronce subía a un tono, más que notorio, escandaloso, impidiendo el sosiego de los vecinos (las personas comenzaban a murmurar, Qué rey tenemos, que no atiende), daba orden al primer secretario para que fuera a ver lo que quería el impetrante, que no había manera de que se callara. Entonces, el primer secretario llamaba al segundo secretario, éste llamaba al tercero, que mandaba al primer ayudante, que a su vez mandaba al segundo, y así hasta llegar a la mujer de la limpieza que, no teniendo en quién mandar, entreabría la puerta de las peticiones y preguntaba por el resquicio, Y tú qué quieres. El suplicante decía a lo que venía, o sea, pedía lo que tenía que pedir, después se instalaba en un canto de la puerta, a la espera de que el requerimiento hiciese, de uno en uno, el camino contrario, hasta llegar al rey. Ocupado como siempre estaba con los obsequios, el rey demoraba la respuesta, y ya no era pequeña señal de atención al bienestar y felicidad del pueblo cuando pedía un informe fundamentado por escrito al primer secretario que, excusado será decirlo, pasaba el encargo al segundo secretario, éste al tercero, sucesivamente, hasta llegar otra vez a la mujer de la limpieza, que opinaba sí o no de acuerdo con el humor con que se hubiera levantado.

Sin embargo, en el caso del hombre que quería un barco, las cosas no ocurrieron así. Cuando la mujer de la limpieza le preguntó por el resquicio de la puerta, Y tú qué quieres, el hombre, en vez de pedir, como era la costumbre de todos, un título, una condecoración, o simplemente dinero, respondió. Quiero hablar con el rey, Ya sabes que el rey no puede venir, está en la puerta de los obsequios, respondió la mujer, Pues entonces ve y dile que no me iré de aquí hasta que él venga personalmente para saber lo que quiero, remató el hombre, y se tumbó todo lo largo que era en el rellano, tapándose con una manta porque hacía frío. Entrar y salir sólo pasándole por encima. Ahora, bien, esto suponía un enorme problema, si tenemos en consideración que, de acuerdo con la pragmática de las puertas, sólo se puede atender a un suplicante cada vez, de donde resulta que mientras haya alguien esperando una respuesta, ninguna otra persona podrá aproximarse para exponer sus necesidades o sus ambiciones. A primera vista, quien ganaba con este artículo del reglamento era el rey, puesto que al ser menos numerosa la gente que venía a incomodarlo con lamentos, más tiempo tenía, y más sosiego, para recibir, contemplar y guardar los obsequios. A segunda vista, sin embargo, el rey perdía, y mucho, porque las protestas públicas, al notarse que la respuesta tardaba más de lo que era justo, aumentaban gravemente el descontento social, lo que, a su vez, tenía inmediatas y negativas consecuencias en el flujo de obsequios. En el caso que estamos narrando, el resultado de la ponderación entre los beneficios y los perjuicios fue que el rey, al cabo de tres días, y en real persona, se acercó a la puerta de las peticiones, para saber lo que quería el entrometido que se había negado a encaminar el requerimiento por las pertinentes vías burocráticas. Abre la puerta, dijo el rey a la mujer de la limpieza, y ella preguntó, Toda o sólo un poco.

El rey dudó durante un instante, verdaderamente no le gustaba mucho exponerse a los aires de la calle, pero después reflexionó que parecería mal, aparte de ser indigno de su majestad, hablar con un súbdito a través de una rendija, como si le tuviese miedo, sobre todo asistiendo al coloquio la mujer de la limpieza, que luego iría por ahí diciendo Dios sabe qué, De par en par, ordenó. El hombre que quería un barco se levantó del suelo cuando comenzó a oír los ruidos de los cerrojos, enrolló la manta y se puso a esperar. Estas señales de que finalmente alguien atendería y que por tanto el lugar pronto quedaría desocupado, hicieron aproximarse a la puerta a unos cuantos aspirantes a la liberalidad del trono que andaban por allí, prontos para asaltar el puesto apenas quedase vacío. La inopinada aparición del rey (nunca una tal cosa había sucedido desde que usaba corona en la cabeza) causó una sorpresa desmedida, no sólo a los dichos candidatos, sino también entre la vecindad que, atraída por el alborozo repentino, se asomó a las ventanas de las casas, en el otro lado de la calle. La única persona que no se sorprendió fue el hombre que vino a pedir un barco. Calculaba él, y acertó en la previsión, que el rey, aunque tardase tres días, acabaría sintiendo la curiosidad de ver la cara de quien, nada más y nada menos, con notable atrevimiento, lo había mandado llamar. Dividido entre la curiosidad irreprimible y el desagrado de ver tantas personas juntas, el rey, con el peor de los modos, preguntó tres preguntas seguidas, Tú qué quieres, Por qué no dijiste lo que querías, Te crees que no tengo nada más que hacer, pero el hombre sólo respondió a la primera pregunta, Dame un barco, dijo. El asombro dejó al rey hasta tal punto desconcertado que la mujer de la limpieza se vio obligada a acercarle una silla de enea, la misma en que ella se sentaba cuando necesitaba trabajar con el hilo y la aguja, pues, además de la limpieza, tenía también la responsabilidad de algunas tareas menores de costura en el palacio, como zurcir las medias de los pajes. Mal sentado, porque la silla de enea era mucho más baja que el trono, el rey buscaba la mejor manera de acomodar las piernas, ora encogiéndolas, ora extendiéndolas para los lados, mientras el hombre que quería un barco esperaba con paciencia la pregunta que seguiría, Y tú para qué quieres un barco, si puede saberse, fue lo que el rey preguntó cuando finalmente se dio por instalado con sufrible comodidad en la silla de la mujer de la limpieza, Para buscar la isla desconocida, respondió el hombre. Qué isla desconocida, preguntó el rey, disimulando la risa, como si tuviese enfrente a un loco de atar, de los que tienen manías de navegaciones, a quien no sería bueno contrariar así de entrada, La isla desconocida, repitió el hombre, Hombre, ya no hay islas desconocidas, Quién te ha dicho, rey, que ya no hay islas desconocidas, Están todas en los mapas, En los mapas están sólo las islas conocidas, Y qué isla desconocida es esa que tú buscas, Si te lo pudiese decir, entonces no sería desconocida, A quién has oído hablar de ella, preguntó el rey, ahora más serio, A nadie, En ese caso, por qué te empeñas en decir que ella existe, Simplemente porque es imposible que no exista una isla desconocida, Y has venido aquí para pedirme un barco, Sí, vine aquí para pedirte un barco, Y tú quién eres para que yo te lo dé, Y tú quién eres para no dármelo, Soy el rey de este reino y los barcos del reino me pertenecen todos, Más les pertenecerás tú a ellos que ellos a ti, Qué quieres decir, preguntó el rey inquieto, Que tú sin ellos nada eres, y que ellos, sin ti, pueden navegar siempre, Bajo mis órdenes, con mis pilotos y mis marineros, No te pido marineros ni piloto, sólo te pido un barco, Y esa isla desconocida, si la encuentras, será para mí, A ti, rey, sólo te interesan las islas conocidas, (continuar leyendo)

JOSÉ SARAMAGO, 2001

El cuento original, O Conto da Ilha Desconhecida (portugués)